Crónica 44: del 24 diciembre al 26 de enero 2010 (2ª)

Australia





Huyo de la ciudad. Me hubiera gustado ver los fuegos artificiales, pero cada vez tolero menos las aglomeraciones. La autopista de salida transcurre por el llano hasta llegar a las estribaciones de las Blue Mountains. El pueblo más alto está a 1.050 metros. La combinación de altura y nubes hace descender el termómetro. Mejor para caminar, siempre que no llueva. Llego hasta Blackheat, en la zona más alta. He recogido tantos folletos informativos, en un centro de atención a los visitantes, que no tengo más remedio que deshacerme, después de consultarlos, de los que resultan menos prácticos. Pueblos con poca actividad. Calles desiertas que, atravesando barrios residenciales, llegan hasta los puntos de observación destacados. Cuando me asomo por primera vez al acantilado que se extiende a derecha e izquierda, trazando una línea sinuosa, contemplo dos grandes valles, separados por un macizo rocoso, a unos 20 kms, en frente de mí. Impresionante. Un manto verde uniforme cubre colinas y pendientes. Hay caminos, bien indicados, para internarse en esa gran masa boscosa. Algunos exigen gran esfuerzo para salvar pronunciadas pendientes. En un cartel veo fotos de principios del siglo XX en las que se muestra la celebración por haber finalizado el acondicionamiento de uno de estos senderos. Exigen, buen mantenimiento, ya que tormentas y fuertes aguaceros pueden provocar caída de árboles y deslizamientos de tierra. No me siento tentado en seguir la trocha que conduce a una garganta. Lugar solitario, nubes que amenazan con descargar un fuerte chaparrón. Esa noche me duermo escuchando el sonido de cohetes lejanos al explotar. En las Blue Mountains hay varios parques nacionales. La superficie del conjunto suma un millón de hectáreas. Hay varias carreteras que permiten el acceso a las zonas más lejanas. La mayoría de visitantes acude a Katoomba, a unos 110 kms de Sydney. Visita recomendada. Un día es suficiente para contemplar el sorprendente paisaje e intuir las mil posibilidades que ofrece esa gran extensión de naturaleza salvaje. En el camping encuentro a una pareja, australiana-italiano, que han venido con el propósito de escalar algunos promontorios. Llovizna. Las condiciones no son las adecuadas para desarrollar su gran afición. Se conforman con seguir un sendero en busca de cañones solitarios. Hay una calzada, asfaltada, que sigue en paralelo el acantilado. De tanto en tanto, un cartel indicador señalando un mirador. Algunos se encuentran cercanos a la zona de aparcamiento, otros, más alejados, se alcanzan después de caminar por una senda. Me detengo en un complejo, con aparcamiento para autobuses, auto caravanas y coches. ¿Qué es esto? Ya que muchos turistas disponen de poco tiempo, se ha establecido una empresa que ofrece un servicio completo para disfrutar, de forma cómoda, de una pequeña muestra de cascadas, precipicios, selva, senderos. Por 28 dólares australianos (unos 17 euros) un teleférico te transporta, ida y vuelta, a gran altura, de un acantilado a otro, ofreciendo una espectacular vista sobre unas cascadas. Al descender de la cabina, pueden seguirse unos caminos bien acondicionados hasta miradores o torrentes. De vuelta al centro, con restaurantes, bares, tienda ofreciendo mil objetos y prendas, un funicular salva un pronunciado descenso, atravesando un túnel, para alcanzar un área de frondoso bosque, en el que hace años se explotaba una mina de carbón. Hay varias posibilidades. Un itinerario de 10, 20 o 30 minutos. A elegir. Todos ellos, sobre pasarelas de madera en los lugares más abruptos. Restos de la maquinaria utilizada por los mineros entre los árboles. Enmarañados nudos de lianas. Bancos para descansar, algo separados del camino. Kioscos, estratégicamente situados, para guarecerse de un posible chubasco inesperado. Bandas de tejido antideslizante en las pasarelas de madera. Cartel aconsejando caminar sobre esas tiras y apoyarse en el pasamano cuando la madera no está seca. Hay que evitar caídas. Un parque de atracciones, natural. Para regresar, otro teleférico, de abajo a arriba. No está mal. Aunque prefiero disfrutar de mis sensaciones sin tener que hacer colas. He seguido luego otros caminos, que suelen ir de mirador a mirador. Los paneles indicadores señalan dificultad y tiempo necesario para ir y volver. Paseando, sin prisas. Desde luego he llegado hasta los miradores más destacados. Incluso al “Sublime Point Lookout”, que se encuentra cerca del pueblo de Leura. Ahí, como en los senderos, he encontrado la soledad necesaria para disfrutar plenamente del extraordinario paisaje. Los pueblos son tranquilos, poca gente en las calles. Me apetece tomar un té, inglés, tradicional, con todo el acompañamiento: mermelada, tostadas con mantequilla, scones (especie de magdalenas), sándwiches, pastel, en fin un té completo. Leo que hay un museo, con más de 3.000 teteras, de distinta forma y procedencia, en el que el camarero sirve el té ataviado con chistera. No debe ser el día apropiado. Cerrado. Lo intentaré de nuevo, cuando regrese más adelante. Son las cinco y media de la tarde. Hora apropiada… en el Reino Unido, pero esto es Australia. La segunda casa de té, de Katoomba, acaba de cerrar la puerta de entrada. Aprovecho la salida de unos clientes para acceder al interior. La camarera, joven, se apiada de mí. Tomo mi té con scones y pasteles. Aquí, en este país, se trabaja, pero dentro de un orden. Adjunto foto con horario de apertura, de una tienda que vende ropa, en la calle principal de Katoomba, pueblo visitado por muchos turistas, en época de vacaciones. Recuerdo que en EEUU hablaban de la “decadente” Europa, porque las personas que trabajaban disfrutaban de un mes de vacaciones pagadas al año. Lo he escrito en pasado porque ignoro si eso continúa siendo lo habitual. Volveré a las “Blue Mountains”, ojala tenga suerte y pueda destacar nubes blancas sobre cielo azul en las fotografías. De momento en mi memoria se almacenan distintas imágenes que ocupan dos ficheros, encabezados por dos instantáneas, grupos de turistas, junto a un funicular, y “Las tres Hermanas”, tres picos que sobresalen en los verticales acantilados de Katoomba.

Cuando regreso a Sydney, levanto mi tienda en el camping que se encuentra en medio de un parque natural. Cerca, un cementerio y estación de tren. Utilizo el coche sólo para llevarlo a pasar la revisión de los 100.000 primeros kilómetros y para abastecerme en un centro comercial. No acabo de orientarme bien en las autopistas. Algunas cambian de nombre según el tramo. Equivocarse en una salida es dar una gran vuelta por las verdes colinas hasta encontrar un lugar que permita maniobrar y regresar al punto de partida. Paso la mayor parte del tiempo leyendo, ordenando fotografías. He encargado unas nuevas gafas. Tardarán diez días en entregármelas. Aprovechando unos días soleados he vuelto al centro de Sydney. La sorpresa ha desaparecido. Es el momento de volver a pasearme por parques y calles. Lo primero, un ferry a un pueblecito costero. Disfruto de una perspectiva distinta del edificio de la Opera. Hoy sí. El sol destaca sus techos en el azul del cielo. El trayecto dura media hora. Unas cuantas paradas en embarcaderos en los que bajan y suben algunos pasajeros. Barrios residenciales, junto al mar, con veleros y motoras en puertos deportivos. Es una buena opción. Trabajar en la ciudad, vivir ahí. Transporte barato. Restaurantes de pescado y marisco. Si es necesario llegar rápidamente a casa hay la posibilidad de utilizar otro medio, hidroaviones taxi. No desciendo del barco cuando llegamos al puerto final. Vuelve a llenarse, regreso al puerto de origen. Hoy en el Jardín Botánico Real, si se ocupan los bancos bajo la sombra de los árboles. Únicamente permanecen en el césped algunas personas, tomando el sol, en traje de baño. Doy una gran vuelta, siguiendo la curva de la bahía, mirando el edificio de la Opera desde distintos ángulos. Me cruzo con bastantes personas, de 18 a 70 años, mujeres y hombres, corriendo. Algunos con pesas en las manos. Todos empapados en sudor. Cuando se detienen, bajo una sombra, efectúan estiramientos musculares. Tal vez tendría que hacerlos yo también, porque me estoy dando una buena paliza. Humedad y calor. Algunos grupos de teatro representan obras, al aire libre, cercando la zona con una cinta. Para entrar en el área restringida hay que pagar el precio de la entrada. Rincones del parque solitarios, en lo que pueden verse ibis blancos australianos que, habituados a los humanos, apenas se apartan, manteniendo una distancia prudencial. Flora y fauna, con jardines, césped, estanques, monumentos, “servicios” camuflados entre árboles, forman un entorno apacible, valorado, aprovechado y usado por los ciudadanos de Sydney. Las calles centrales no ofrecen un atractivo especial. Ciudad moderna en la que los nuevos edificios coexisten con antiguas edificaciones de la época colonial. Encamino mis pasos hasta una colina en la que se levanta el antiguo observatorio, construido en 1.850. Rodeado de jardines, ofrece una visión panorámica de la ciudad. Buen momento para reposar. Llego en el momento que va a dar comienzo una sesión del planetario. En una habitación pequeña, máxima capacidad diez personas, nos tumbamos en el suelo apoyando espalda y cabeza en unos cojines. Nada especial. El cielo que puede contemplarse en Australia, en las diversas estaciones. Aire acondicionado, oscuridad, narración monótona, entro en un estado de somnolencia, fijando mi atención en la Cruz del Sur. He esperado que llegara Jean, el canadiense que está dando la vuelta al mundo caminando. Se ha tomado un mes de “vacaciones” para reunirse con su mujer en Sydney. Luce, encantadora, me dice que lo ha encontrado algo desmejorado. Ha perdido peso. Jean asiente. Los últimos dos meses han sido especialmente duros, teniendo que soportar altas temperaturas. Un mes para recuperarse. Ella volverá a Montreal y el a Townsville, donde ha dejado su carro con todos los enseres que transporta. Reiniciará su trayecto australiano, siguiendo la costa hasta Melbourne. En total, desde Darwin, en el norte, a Melbourne, en el sur, unos 6.000 kms… andando.

No quiero alejarme mucho de Sydney ni visitar la costa, porque seguiré ese itinerario a finales de enero. Como un péndulo, que va y viene, regreso a las Blue Mountains. Quedan muchos lugares atractivos por ver, no muy alejados de la carretera que cruza el gran macizo. Mi primera parada es en Faulconbridge, un pueblecito en el que vivió Norman Lindsay, destacado artista australiano. Su antigua residencia se ha convertido en un museo en el que pueden apreciarse algunas creaciones del polifacético autor. Acuarelas, óleo, grabados, esculturas en bronce y cemento. Escritor y poeta. Alternaba, en el transcurso del día, su dedicación a distintas piezas en proceso de ejecución. Algunos grabados fueron destruidos por la policía de EEUU por ser considerados pornográficos. Los transportaba su hija, época II Guerra Mundial. Intentaban salvarlos de una posible invasión o bombardeo de la aviación japonesa. Eran otros tiempos. La casa está rodeada por un jardín en el que se mantienen algunas esculturas en cemento y bronce. Cuando llego, contemplo a un grupo de estudiantes, de distintas edades, que dibuja, sobre las láminas que sostienen caballetes, a un modelo desnudo que posa sobre el césped. En vida de Norman Lindsay, casa y jardín debían ofrecer un conjunto apacible, bello, natural, lejano del resto del mundo. Una piscina, en piedra, a la que se accede por una larga escalinata, entre árboles, se muestra degradada por el paso del tiempo y falta de mantenimiento. Los yerbajos han empezado a tomar posesión de esa parte algo alejada de la casa. Todavía es fácil imaginar el conjunto, por la noche. Estatuas, escalera, piscina, iluminadas suavemente. El entorno es agradable. Hay un pequeño café, cuatro mesas bajo la sombra de un gran árbol. ¡Oh, maravilla!, café excelente, corto, al que acompaña una botella de agua fría, no mineral, del grifo. Costumbre, antaño habitual, que ha desparecido en España. El siguiente pueblo, Wentworth Falls, además de puntos de observación sobre valles, cortados y saltos de agua, ofrece la posibilidad de seguir senderos, entre la frondosa vegetación del bosque. Hay que ser prudente. Las laderas, con fuerte inclinación pueden convertirse en una trampa sin salida. Lluvia torrencial inesperada, deslizamiento de tierra, caídas de árboles, pueden cortar el camino de retorno. Estos días los rangers han tenido que buscar a un grupo que se había perdido. Las tormentas han dificultado la búsqueda. Uno de los excursionistas falleció antes de que el grupo fuera localizado y rescatado. Hoy luce el sol y no se divisan nubes. Sigo caminos sencillos, me cruzo de vez en cuando con algunos caminantes. Las posibilidades son muy variadas. Se indica grado de dificultad, distancia y tiempo aproximado de ida y vuelta. Pero hay variantes. Se puede iniciar un sendero y luego, en un cruce, seguir otro camino. Compruebo que estoy en plena forma. Largas caminatas bajando y subiendo escaleras que salvan las grandes pendientes. Unos cuantos metros de llano, inspiraciones profundas y recupero pulsaciones. Como estos días consumo muchas calorías, decido premiarme con un té. Inglés, servicio completo. Cuando llego a la casa de té, en Leura, que unos días antes encontré cerrada, compruebo que hoy sí se abrirán para mí las puertas de esa cueva de sorpresas que es “Bygone Beautys Tearoom”. Una mezcla de museo, anticuario y almacén soñado por algún coleccionista de objetos extraños. Scones y pastelitos calientes, mermelada casera, sándwiches templados, una delicia. Mi paciencia, y disponer de tiempo, me permite fotografiar las montañas en el momento adecuado. En el pueblo de Katoomba se alza un curioso monumento a los convictos que trabajaron en la primera pista que cruzaba las Blue Mountains. Un soldado, con una jarra en la mano derecha, fusil apoyado en la pierna izquierda, vigila a dos convictos encadenados. Uno parte rocas con una maza, mientras el otro transporta una gran piedra entre los brazos. Dos aborígenes contemplan la escena. Los convictos debieron sobrevivir en unas condiciones infrahumanas. Cerca de Mt.Victoria, el punto más alto de las Blue Mountains, se encuentra una cueva que fue utilizada, en su tiempo, como prisión para los que trabajaban en la construcción de la carretera. Dedico algo más de una hora a localizarla, pero no doy con ella. Debo haber estado cerca, pero inicio el regreso sin alcanzar la cueva. Aquí no llega nadie. Una mesa y un banco de madera, yacen destrozados, soportes metálicos oxidados, junto a altos árboles, encerrados entre escarpadas paredes de roca. El camino desciende por peldaños de piedra, cubiertos de hojarasca. Por aquí bajaban los presos. No era suficiente la dura jornada, partiendo y colocando pedruscos. Para empezar y terminar el día, un camino agotador, lluvia o seco, frío o calor. Supongo que el monumento sirve para tranquilizar alguna conciencia.

 

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