| Huyo
de la ciudad. Me hubiera gustado ver los fuegos artificiales, pero cada
vez tolero menos las aglomeraciones. La autopista de salida transcurre
por el llano hasta llegar a las estribaciones de las Blue Mountains. El
pueblo más alto está a 1.050 metros. La combinación
de altura y nubes hace descender el termómetro. Mejor para caminar,
siempre que no llueva. Llego hasta Blackheat, en la zona más alta.
He recogido tantos folletos informativos, en un centro de atención
a los visitantes, que no tengo más remedio que deshacerme, después
de consultarlos, de los que resultan menos prácticos. Pueblos con
poca actividad. Calles desiertas que, atravesando barrios residenciales,
llegan hasta los puntos de observación destacados. Cuando me asomo
por primera vez al acantilado que se extiende a derecha e izquierda, trazando
una línea sinuosa, contemplo dos grandes valles, separados por
un macizo rocoso, a unos 20 kms, en frente de mí. Impresionante.
Un manto verde uniforme cubre colinas y pendientes. Hay caminos, bien
indicados, para internarse en esa gran masa boscosa. Algunos exigen gran
esfuerzo para salvar pronunciadas pendientes. En un cartel veo fotos de
principios del siglo XX en las que se muestra la celebración por
haber finalizado el acondicionamiento de uno de estos senderos. Exigen,
buen mantenimiento, ya que tormentas y fuertes aguaceros pueden provocar
caída de árboles y deslizamientos de tierra. No me siento
tentado en seguir la trocha que conduce a una garganta. Lugar solitario,
nubes que amenazan con descargar un fuerte chaparrón. Esa noche
me duermo escuchando el sonido de cohetes lejanos al explotar. En las
Blue Mountains hay varios parques nacionales. La superficie del conjunto
suma un millón de hectáreas. Hay varias carreteras que permiten
el acceso a las zonas más lejanas. La mayoría de visitantes
acude a Katoomba, a unos 110 kms de Sydney. Visita recomendada. Un día
es suficiente para contemplar el sorprendente paisaje e intuir las mil
posibilidades que ofrece esa gran extensión de naturaleza salvaje.
En el camping encuentro a una pareja, australiana-italiano, que han venido
con el propósito de escalar algunos promontorios. Llovizna. Las
condiciones no son las adecuadas para desarrollar su gran afición.
Se conforman con seguir un sendero en busca de cañones solitarios.
Hay una calzada, asfaltada, que sigue en paralelo el acantilado. De tanto
en tanto, un cartel indicador señalando un mirador. Algunos se
encuentran cercanos a la zona de aparcamiento, otros, más alejados,
se alcanzan después de caminar por una senda. Me detengo en un
complejo, con aparcamiento para autobuses, auto caravanas y coches. ¿Qué
es esto? Ya que muchos turistas disponen de poco tiempo, se ha establecido
una empresa que ofrece un servicio completo para disfrutar, de forma cómoda,
de una pequeña muestra de cascadas, precipicios, selva, senderos.
Por 28 dólares australianos (unos 17 euros) un teleférico
te transporta, ida y vuelta, a gran altura, de un acantilado a otro, ofreciendo
una espectacular vista sobre unas cascadas. Al descender de la cabina,
pueden seguirse unos caminos bien acondicionados hasta miradores o torrentes.
De vuelta al centro, con restaurantes, bares, tienda ofreciendo mil objetos
y prendas, un funicular salva un pronunciado descenso, atravesando un
túnel, para alcanzar un área de frondoso bosque, en el que
hace años se explotaba una mina de carbón. Hay varias posibilidades.
Un itinerario de 10, 20 o 30 minutos. A elegir. Todos ellos, sobre pasarelas
de madera en los lugares más abruptos. Restos de la maquinaria
utilizada por los mineros entre los árboles. Enmarañados
nudos de lianas. Bancos para descansar, algo separados del camino. Kioscos,
estratégicamente situados, para guarecerse de un posible chubasco
inesperado. Bandas de tejido antideslizante en las pasarelas de madera.
Cartel aconsejando caminar sobre esas tiras y apoyarse en el pasamano
cuando la madera no está seca. Hay que evitar caídas. Un
parque de atracciones, natural. Para regresar, otro teleférico,
de abajo a arriba. No está mal. Aunque prefiero disfrutar de mis
sensaciones sin tener que hacer colas. He seguido luego otros caminos,
que suelen ir de mirador a mirador. Los paneles indicadores señalan
dificultad y tiempo necesario para ir y volver. Paseando, sin prisas.
Desde luego he llegado hasta los miradores más destacados. Incluso
al “Sublime Point Lookout”, que se encuentra cerca del pueblo
de Leura. Ahí, como en los senderos, he encontrado la soledad necesaria
para disfrutar plenamente del extraordinario paisaje. Los pueblos son
tranquilos, poca gente en las calles. Me apetece tomar un té, inglés,
tradicional, con todo el acompañamiento: mermelada, tostadas con
mantequilla, scones (especie de magdalenas), sándwiches, pastel,
en fin un té completo. Leo que hay un museo, con más de
3.000 teteras, de distinta forma y procedencia, en el que el camarero
sirve el té ataviado con chistera. No debe ser el día apropiado.
Cerrado. Lo intentaré de nuevo, cuando regrese más adelante.
Son las cinco y media de la tarde. Hora apropiada… en el Reino Unido,
pero esto es Australia. La segunda casa de té, de Katoomba, acaba
de cerrar la puerta de entrada. Aprovecho la salida de unos clientes para
acceder al interior. La camarera, joven, se apiada de mí. Tomo
mi té con scones y pasteles. Aquí, en este país,
se trabaja, pero dentro de un orden. Adjunto foto con horario de apertura,
de una tienda que vende ropa, en la calle principal de Katoomba, pueblo
visitado por muchos turistas, en época de vacaciones. Recuerdo
que en EEUU hablaban de la “decadente” Europa, porque las
personas que trabajaban disfrutaban de un mes de vacaciones pagadas al
año. Lo he escrito en pasado porque ignoro si eso continúa
siendo lo habitual. Volveré a las “Blue Mountains”,
ojala tenga suerte y pueda destacar nubes blancas sobre cielo azul en
las fotografías. De momento en mi memoria se almacenan distintas
imágenes que ocupan dos ficheros, encabezados por dos instantáneas,
grupos de turistas, junto a un funicular, y “Las tres Hermanas”,
tres picos que sobresalen en los verticales acantilados de Katoomba.
Cuando
regreso a Sydney, levanto mi tienda en el camping que se encuentra en
medio de un parque natural. Cerca, un cementerio y estación de
tren. Utilizo el coche sólo para llevarlo a pasar la revisión
de los 100.000 primeros kilómetros y para abastecerme en un centro
comercial. No acabo de orientarme bien en las autopistas. Algunas cambian
de nombre según el tramo. Equivocarse en una salida es dar una
gran vuelta por las verdes colinas hasta encontrar un lugar que permita
maniobrar y regresar al punto de partida. Paso la mayor parte del tiempo
leyendo, ordenando fotografías. He encargado unas nuevas gafas.
Tardarán diez días en entregármelas. Aprovechando
unos días soleados he vuelto al centro de Sydney. La sorpresa ha
desaparecido. Es el momento de volver a pasearme por parques y calles.
Lo primero, un ferry a un pueblecito costero. Disfruto de una perspectiva
distinta del edificio de la Opera. Hoy sí. El sol destaca sus techos
en el azul del cielo. El trayecto dura media hora. Unas cuantas paradas
en embarcaderos en los que bajan y suben algunos pasajeros. Barrios residenciales,
junto al mar, con veleros y motoras en puertos deportivos. Es una buena
opción. Trabajar en la ciudad, vivir ahí. Transporte barato.
Restaurantes de pescado y marisco. Si es necesario llegar rápidamente
a casa hay la posibilidad de utilizar otro medio, hidroaviones taxi. No
desciendo del barco cuando llegamos al puerto final. Vuelve a llenarse,
regreso al puerto de origen. Hoy en el Jardín Botánico Real,
si se ocupan los bancos bajo la sombra de los árboles. Únicamente
permanecen en el césped algunas personas, tomando el sol, en traje
de baño. Doy una gran vuelta, siguiendo la curva de la bahía,
mirando el edificio de la Opera desde distintos ángulos. Me cruzo
con bastantes personas, de 18 a 70 años, mujeres y hombres, corriendo.
Algunos con pesas en las manos. Todos empapados en sudor. Cuando se detienen,
bajo una sombra, efectúan estiramientos musculares. Tal vez tendría
que hacerlos yo también, porque me estoy dando una buena paliza.
Humedad y calor. Algunos grupos de teatro representan obras, al aire libre,
cercando la zona con una cinta. Para entrar en el área restringida
hay que pagar el precio de la entrada. Rincones del parque solitarios,
en lo que pueden verse ibis blancos australianos que, habituados a los
humanos, apenas se apartan, manteniendo una distancia prudencial. Flora
y fauna, con jardines, césped, estanques, monumentos, “servicios”
camuflados entre árboles, forman un entorno apacible, valorado,
aprovechado y usado por los ciudadanos de Sydney. Las calles centrales
no ofrecen un atractivo especial. Ciudad moderna en la que los nuevos
edificios coexisten con antiguas edificaciones de la época colonial.
Encamino mis pasos hasta una colina en la que se levanta el antiguo observatorio,
construido en 1.850. Rodeado de jardines, ofrece una visión panorámica
de la ciudad. Buen momento para reposar. Llego en el momento que va a
dar comienzo una sesión del planetario. En una habitación
pequeña, máxima capacidad diez personas, nos tumbamos en
el suelo apoyando espalda y cabeza en unos cojines. Nada especial. El
cielo que puede contemplarse en Australia, en las diversas estaciones.
Aire acondicionado, oscuridad, narración monótona, entro
en un estado de somnolencia, fijando mi atención en la Cruz del
Sur. He esperado que llegara Jean, el canadiense que está dando
la vuelta al mundo caminando. Se ha tomado un mes de “vacaciones”
para reunirse con su mujer en Sydney. Luce, encantadora, me dice que lo
ha encontrado algo desmejorado. Ha perdido peso. Jean asiente. Los últimos
dos meses han sido especialmente duros, teniendo que soportar altas temperaturas.
Un mes para recuperarse. Ella volverá a Montreal y el a Townsville,
donde ha dejado su carro con todos los enseres que transporta. Reiniciará
su trayecto australiano, siguiendo la costa hasta Melbourne. En total,
desde Darwin, en el norte, a Melbourne, en el sur, unos 6.000 kms…
andando.
No
quiero alejarme mucho de Sydney ni visitar la costa, porque seguiré
ese itinerario a finales de enero. Como un péndulo, que va y viene,
regreso a las Blue Mountains. Quedan muchos lugares atractivos por ver,
no muy alejados de la carretera que cruza el gran macizo. Mi primera parada
es en Faulconbridge, un pueblecito en el que vivió Norman Lindsay,
destacado artista australiano. Su antigua residencia se ha convertido
en un museo en el que pueden apreciarse algunas creaciones del polifacético
autor. Acuarelas, óleo, grabados, esculturas en bronce y cemento.
Escritor y poeta. Alternaba, en el transcurso del día, su dedicación
a distintas piezas en proceso de ejecución. Algunos grabados fueron
destruidos por la policía de EEUU por ser considerados pornográficos.
Los transportaba su hija, época II Guerra Mundial. Intentaban salvarlos
de una posible invasión o bombardeo de la aviación japonesa.
Eran otros tiempos. La casa está rodeada por un jardín en
el que se mantienen algunas esculturas en cemento y bronce. Cuando llego,
contemplo a un grupo de estudiantes, de distintas edades, que dibuja,
sobre las láminas que sostienen caballetes, a un modelo desnudo
que posa sobre el césped. En vida de Norman Lindsay, casa y jardín
debían ofrecer un conjunto apacible, bello, natural, lejano del
resto del mundo. Una piscina, en piedra, a la que se accede por una larga
escalinata, entre árboles, se muestra degradada por el paso del
tiempo y falta de mantenimiento. Los yerbajos han empezado a tomar posesión
de esa parte algo alejada de la casa. Todavía es fácil imaginar
el conjunto, por la noche. Estatuas, escalera, piscina, iluminadas suavemente.
El entorno es agradable. Hay un pequeño café, cuatro mesas
bajo la sombra de un gran árbol. ¡Oh, maravilla!, café
excelente, corto, al que acompaña una botella de agua fría,
no mineral, del grifo. Costumbre, antaño habitual, que ha desparecido
en España. El siguiente pueblo, Wentworth Falls, además
de puntos de observación sobre valles, cortados y saltos de agua,
ofrece la posibilidad de seguir senderos, entre la frondosa vegetación
del bosque. Hay que ser prudente. Las laderas, con fuerte inclinación
pueden convertirse en una trampa sin salida. Lluvia torrencial inesperada,
deslizamiento de tierra, caídas de árboles, pueden cortar
el camino de retorno. Estos días los rangers han tenido que buscar
a un grupo que se había perdido. Las tormentas han dificultado
la búsqueda. Uno de los excursionistas falleció antes de
que el grupo fuera localizado y rescatado. Hoy luce el sol y no se divisan
nubes. Sigo caminos sencillos, me cruzo de vez en cuando con algunos caminantes.
Las posibilidades son muy variadas. Se indica grado de dificultad, distancia
y tiempo aproximado de ida y vuelta. Pero hay variantes. Se puede iniciar
un sendero y luego, en un cruce, seguir otro camino. Compruebo que estoy
en plena forma. Largas caminatas bajando y subiendo escaleras que salvan
las grandes pendientes. Unos cuantos metros de llano, inspiraciones profundas
y recupero pulsaciones. Como estos días consumo muchas calorías,
decido premiarme con un té. Inglés, servicio completo. Cuando
llego a la casa de té, en Leura, que unos días antes encontré
cerrada, compruebo que hoy sí se abrirán para mí
las puertas de esa cueva de sorpresas que es “Bygone Beautys Tearoom”.
Una mezcla de museo, anticuario y almacén soñado por algún
coleccionista de objetos extraños. Scones y pastelitos calientes,
mermelada casera, sándwiches templados, una delicia. Mi paciencia,
y disponer de tiempo, me permite fotografiar las montañas en el
momento adecuado. En el pueblo de Katoomba se alza un curioso monumento
a los convictos que trabajaron en la primera pista que cruzaba las Blue
Mountains. Un soldado, con una jarra en la mano derecha, fusil apoyado
en la pierna izquierda, vigila a dos convictos encadenados. Uno parte
rocas con una maza, mientras el otro transporta una gran piedra entre
los brazos. Dos aborígenes contemplan la escena. Los convictos
debieron sobrevivir en unas condiciones infrahumanas. Cerca de Mt.Victoria,
el punto más alto de las Blue Mountains, se encuentra una cueva
que fue utilizada, en su tiempo, como prisión para los que trabajaban
en la construcción de la carretera. Dedico algo más de una
hora a localizarla, pero no doy con ella. Debo haber estado cerca, pero
inicio el regreso sin alcanzar la cueva. Aquí no llega nadie. Una
mesa y un banco de madera, yacen destrozados, soportes metálicos
oxidados, junto a altos árboles, encerrados entre escarpadas paredes
de roca. El camino desciende por peldaños de piedra, cubiertos
de hojarasca. Por aquí bajaban los presos. No era suficiente la
dura jornada, partiendo y colocando pedruscos. Para empezar y terminar
el día, un camino agotador, lluvia o seco, frío o calor.
Supongo que el monumento sirve para tranquilizar alguna conciencia.
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