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Navidad
en el hemisferio sur. Calor. Cerca de la playa. No podía imaginar
lo que me esperaba. He ido bajando por la costa este, desde Cairns a Brisbane.
He pasado por ciudades y pueblos costeros de Queensland, preparados para
recibir turismo, tranquilos, con escaso tránsito de vehículos,
redes anti medusas en las playas… De repente, autopista, paralela
a la costa, que me lleva al centro de largas playas de arena dorada, donde
se reciben anualmente cinco millones de visitantes. La entrada en Surfers
Paradise, después de 15.000 kms recorridos por las solitarias carreteras
del oeste, norte, centro del país, es impactante. Rascacielos en
un lugar de veraneo. Benidorm. Tráfico denso. Muchos hoteles, la
mayoría con el cartelito de “Completo”. Para las familias,
playa y parques infantiles. Para los jóvenes, discotecas y atracciones
especiales, que producen fuertes descargas de adrenalina. En el mundo
globalizado que nos toca vivir, se repiten las mismas diversiones, al
igual que los formatos de los programas “reality show” de
televisión. Sigo la carretera. Los edificios de los hoteles de
los pueblecitos costeros ocultan la visión del mar, que se deja
entrever en algunos tramos. A unos 15 kilómetros de Surfers Paradise,
en Burleigh Heads, encuentro un “Caravan Park” con buen aspecto.
Me informan que tengo suerte. Tienen una plaza libre, por no haberse presentado
quienes la habían reservado. Se dirigen a mí por mi nombre.
Sorpresa. Me aclaran que han leído la dirección de mi web,
que llevo adherida en la carrocería. Internet ofrece toda la información.
Tengo suerte, me repiten. Es Nochebuena. No encontraré otro lugar
para pasar la noche. El precio para un día tan especial es también
extraordinario. 30 € por dormir en el interior del coche y poder
utilizar los servicios del camping, entre los que se incluye una conexión
gratuita a Internet por dos horas. Sonrío, para demostrarles mi
gran felicidad por ser una persona “afortunada”. Al llegar
a la parcela, los “vecinos” me saludan deseándome una
feliz Nochebuena. Correspondo al saludo, sin rogarles que dejen libre
el enchufe de electricidad que me corresponde. No lo necesito como ellos.
Alucino con el montaje de sus grandes tiendas. Desde luego deben pasar
ahí una larga temporada, porque algunos, para sentirse como en
casa, han dotado su vivienda temporal con grandes neveras, micro ondas,
lavadoras, cocina, televisor, aire acondicionado, mesas, sillas, bicicletas…
Aporto prueba documental de lo que digo con una foto. También se
han adornado, con motivos navideños, algunas caravanas y bungalows.
Como todos disponen de lo necesario para ser autosuficientes, el espacio
destinado a cocina-comedor del camping, está a mi entera disposición.
Esta nevera para mí. Cuando anochece, un barbudo y orondo Papa
Noel, sentado frente a su caravana, despojado de la indumentaria habitual,
conservando únicamente el gorrito, pantalón corto y camiseta,
rodeado de bombillitas de colores, que se encienden intermitentemente,
junto a la imitación de un árbol de Navidad, brinda a mi
salud con una cerveza. Paso en varias ocasiones por el mismo lugar. Siempre
me saluda, con el mismo gesto. En la mesa, junto a la que se sienta, filas
de botellas vacías. Primero una, luego otra, otra, otra…
Celebro la Nochebuena comiendo una ensalada y un plato de macarrones que
me preparo. No estoy solo. Comparto unas cervezas y tragos de ron, a los
que he soy invitado por una familia numerosa de Samoa, quince personas.
Los hombres tocan instrumentos de cuerda, las mujeres cantan y las más
jóvenes, entre 13 y 18 años, bailan, contoneando las caderas.
Calor y espectáculo privado. Una Nochebuena "distinta".
Las vacaciones escolares finalizan el 31 de enero.
He de abandonar la costa. Tal vez en el interior, en las montañas,
reencuentre la soledad en la que, salvo en contadas ocasiones, me encuentro
más a gusto. Amanece el día de Navidad con pueblos desiertos
y calzadas sin apenas tránsito. Me he puesto en marcha a las nueve
de la mañana, hora temprana para quienes se recuperan de los excesos
nocturnos.
Hace 50 millones de años, la actual Australia
estaba cubierta de frondosa selva húmeda subtropical. 25 millones
de años después, sequía, calor y gran actividad volcánica
transformaron el ecosistema. Hoy en día únicamente se conserva
un 0,3 % de aquellos grandes bosques, entre los que vivían los
dinosaurios. Cerca de la “Gold Coast”, se ubica el Springbrook
National Park, un gran volcán en el que la lluvia y el tiempo terminaron
por hacer desaparecer una de las paredes de su enorme caldera. Los ricos
nutrientes de la tierra volcánica y la lluvia fueron suficientes
aquí para conservar restos de aquella gran selva, en la que las
frondosas cúpulas de los altos árboles preservan la humedad
de la tierra. Pasearme solo, por los bien acondicionados caminos del bosque,
vuelve a estimularme. Riachuelos entre la exuberante vegetación,
sin miedo de que aparezcan los temibles “salties”, los cocodrilos
de agua salada, habituales en las tierras del norte. Nubes bajas rodean
la montaña. La bruma en el bosque crea un ambiente misterioso.
Canto de pájaros que no logro ver ni identificar. Hay varios caminos
y miradores señalizados. Carretera excelente que, en algunos tramos,
se estrecha hasta permitir únicamente el paso de un vehículo.
Puentes de madera. Empieza a llover torrencialmente. Cuando llego frente
a donde se inicia el sendero hasta el “Best Lookout”, el mejor
mirador, la lluvia ha cesado para dar paso a jirones de niebla. Espero
dos horas, con la vana esperanza de que las nubes desaparezcan y luzca
el sol. Paraguas y camino. Cuando llego al mirador, una baranda de madera,
un cartel en el que se indican, picos, valles y ríos. No puedo
ver nada, sólo una pared blanca de niebla que termina por rodearme.
Tengo la misma sensación que la que experimenté, hace años,
en Zanzibar, cuando tuve que caminar por una playa, en noche de luna nueva,
cielo cubierto de nubes, sin ninguna luz. Entonces no podía ver
ni tan siquiera mis manos o pies. Todo negro. Ahora todo blanco. Permanezco
unos minutos en la misma posición. Súbitamente, la niebla
se disipa. Vuelvo a ver mi entorno. Desaparece el encanto. Regreso al
coche e inicio el descenso. Vuelve a arreciar la lluvia. Cuando llego
al primer cruce, opto por otra dirección. Desaparece la lluvia,
sube la temperatura, bajo el cristal de mi ventana. Llego a un valle,
entre montañas con nubes. Granjas de ganado. Caballos que corretean
sobre césped uniforme.
A
partir de la una de la tarde, empiezo a encontrarme con otros visitantes.
Suelen ser extranjeros, asiáticos en su mayoría. Como en
las cercanías del parque volcánico de Undara, que menciono
en el relato 042, los ríos de lava formaron túneles de basalto
que en algunos lugares todavía se conservan. En su interior encuentran
cobijo los murciélagos. Hay una zona, acondicionada para su visita,
“Natural Bridge”, en donde puede contemplarse los restos de
uno de esos túneles, que ofrece una especial particularidad, una
cascada se vierte en el interior. El bosque primigenio se mantiene sin
grandes cambios. Está prohibido salir de los caminos. Los árboles
caídos o quemados permanecen en su lugar. El itinerario, sugerido
con flechas, lleva a la cascada por el camino más corto, escaleras
descendentes, con barandilla para ayudarse. Las hojas caídas y
la lluvia conforman una amalgama deslizante peligrosa. Es una pena que
esté prohibido salir del camino, porque la cascada dentro del túnel
debe ser una tentación muy fuerte los días soleados, calurosos.
El regreso hasta la puerta de entrada transcurre por una rampa cementada
que suaviza la subida. Llego el día de Navidad a Lismore, un pueblo
de 28.000 habitantes, con universidad. Sería el escenario natural
ideal para una de esas películas que nos auguran un futuro pleno
de desgracias. Ciudad desierta. Todo cerrado, nadie en las calles. Doy
una vuelta, llegando a los dos caravans park con que cuenta Lismore. Cancela
cerrada. Nadie en la oficina. El pueblo, como ya es habitual, se extiende
sobre llano y colinas. Casas unifamiliares, algunas construidas con ladrillo,
muchas de madera, sobre base de obra. Jardines abiertos. Nadie. Paso por
la zona comercial. Porches vacíos. En una gasolinera, lo único
abierto, lleno depósitos. Busco un lugar donde pasar la noche.
Podría ser en cualquier sitio, pero me decido por el aparcamiento
de un centro comercial. Es céntrico, cuenta con servicios públicos.
Cuando se hace de noche, unas campanas rompen el silencio de la ciudad
desierta. Atraso una hora todos los relojes. He llegado a New South Wales.
La diferencia horaria con España, ahora, es de diez horas. Duermo
como un bendito. Me despierta el calor. Había calculado bien el
lugar donde aparqué anoche. Me protegía un edificio de los
rayos solares, pero son las ocho y media, el sol ya ha superado el tejado.
¿A dónde voy? Opto por un itinerario que me llevará,
por el interior, camino de Sydney, pasando por algunos lugares que se
presumen interesantes. Para empezar, más parques, el nombre del
primero me suena, “Gibraltar Range”. Más de lo mismo.
Lluvia, caminos y escaleras por el tupido bosque, cascadas. En la zona
habilitada para dejar los coches, correspondo al saludo de dos parejas.
Luego, cuando vuelvo a encontrarlas, junto a los paneles, con fotos, en
los que se narra la historia del parque, una de las mujeres, de unos 50
años, me señala una de la fotos, diciéndome –“Mi
padre. El es mi padre”. No debió ser fácil la vida
en Australia en aquella época. Después de la segunda guerra
mundial, cuando se abrió el país a la inmigración,
se cuadriplicó la población. Ellos contribuyeron a la modernización
de este país. Sus descendientes suelen sentirse orgullosos. En
Glen Innes, otro pueblo “desierto”, encuentro un Camping muy
agradable. Poca gente, no hay nada que ver. Me paseo, bajo la lluvia,
hasta el club más concurrido del pueblo. Apuestas. Siempre me ha
llamado la atención, la afición de ingleses, estadounidenses,
y ahora australianos, por las carreras de caballos. En todos los pueblos,
por pequeños que sean, hay una casa de apuestas. Aquí, en
este club, una gran barra con variada oferta de cerveza, licores. Una
sala específica para las carreras de caballos. En el gran salón,
a la izquierda una pantalla de plasma en la que se ofrece, en directo,
un importante partido de cricket. En frente, distintos televisores, retransmitiendo
varias carreras. A la derecha, otra gran pantalla, en la que se puede
ver un partido de futbol de la liga inglesa. Algo alejada otra pantalla
ofreciendo clips musicales. En una tercera sala, grande, multitud de personas
enganchadas a las máquinas tragaperras. Esa es la mayor diversión
que puede encontrarse en Glen Innes. No me sorprende que los jóvenes
prefieran pasar los fines de semana en Surfers Paradise.
Sigo
dirigiéndome a Sydney, dando un gran rodeo. Paso por pueblos que
no despiertan mi interés. En determinado momento, por fin, puedo
ver, allá en la lejanía, un cielo azul, libre de nubes.
Aún me encuentro lejos de la ciudad más grande de Australia,
cuatro millones de personas. Uno de cada cinco australianos reside en
Sydney. Busco un lugar para pasar la noche. Encuentro una zona apropiada
cerca de Wellington, donde se oferta la visita a una mina y cuevas. En
cuanto bajo del coche, escucho –“¿Desde España
has venido en coche”?. Una pareja, Jessica y David, disfrutando
de unas largas vacaciones. Son escasos los españoles que me he
encontrado en Australia. Supongo que no ayuda a decidirse la lejanía
y la falta de acuerdos entre ambos gobiernos para permitir trabajar, aunque
sea parcialmente, a jóvenes españoles. Varios países
americanos y europeos sí han firmado esos acuerdos. Me he encontrado
a brasileños, lituanos, polacos con permisos de trabajo. Anteriormente
ya he dicho que he coincidido en algunos lugares con ingleses, escoceses,
irlandeses, alemanes, italianos, franceses, holandeses, suizos…
Muchos de ellos, se quedan un año en Australia. Estudian, trabajan,
recorren el país, normalmente durante tres meses. ¿Por qué
no los españoles? He de enterarme. Cuando sepa la causa, os la
cuento. Jessica y David viajan en una furgoneta alquilada, acondicionada
con cama, cocina y nevera. Es la mejor opción. Seguirán
hacia el norte, luego volarán al sudeste asiático. Tailandia,
Camboya, Laos, Vietnam… mientras quede algo del dinero ahorrado.
Luego… volver a trabajar. Eso queda lejos todavía. Estén
viviendo un momento especial en sus vidas. Son conscientes. Su sonrisa
es prueba evidente. Cenamos, compartiendo algo de lo que guardamos en
nuestras despensas. Bajo la noche estrellada, alargamos la sobremesa.
Una vez más, encuentro fugaz con personas que tal vez no vuelva
a ver. Nos despedimos al día siguiente, después de llenar
depósitos y desayunar. Paso por pueblos a los que regresaré.
Cruzo las Blue Mountains, un conjunto montañoso, con cascadas,
gargantas, valles cubiertos por grandes bosques de eucaliptos que crean
una bruma azulada que da nombre al macizo. Autopista de peaje hasta la
gran ciudad. Ignoro donde pasaré la noche. Me desvío, al
ver una salida que conduce al parque Olímpico. En 1.992, Barcelona,
1.996 Atlanta, 2.000 Sydney. Recuerdo la final de fútbol que se
jugó en el estadio que se levanta ante mí. Nos gano Camerún,
en la tanda de penales. En su delantera Etó. En nuestra línea
media Xavi. Han pasado nueve años. Hoy, nubes blancas en un cielo
azul. Calor. Los niños se refrescan en distintos puntos del parque,
una opción para muchas familias que buscan zonas despejadas, seguras,
lejos del congestionado centro de Sydney. Sigo por la autopista de entrada.
Cambio a la que me lleva hasta un camping que me han recomendado varios
australianos. –“Está cerca del centro, en mitad de
un bosque, es la mejor opción”. Tal vez lo sea para aquellos
que reservaron plaza hace varias semanas. Lleno. Sigo por la misma autopista,
continuando hacia el norte. Todo lleno. En un camping me aconsejan que
me dirija a un parque público en el que se puede acampar. No está
cerrado, pero es seguro. Está controlado por Rangers. Hay servicios,
duchas con agua caliente, enchufes eléctricos… 6 euros por
día, si aparece el Ranger para cobrar. El parque es muy grande.
Hipódromo y escuela de montar. En el centro de la pista de carreras,
césped, con porterías, para practicar fútbol, rugby
o cricket. Varias áreas de picnic. Entre ellas, tiendas, auto caravanas,
furgonetas y 4x4. Mesas, sillas, antenas parabólicas de tv, ropa
colgada, secándose. Un campamento improvisado que se ha montado
estos días, en los que es imposible encontrar una habitación
de hotel o una plaza de camping cerrado. Todos quieren presenciar los
fuegos artificiales con los que Sydney recibe el año nuevo. Cuando
se celebre ese instante, en Europa serán las dos de la tarde. En
España, se sentará la gente a la mesa para almorzar. La
mayoría espera el fin de año. Nuevas apuestas, propósitos
de enmienda, esperanza que en el futuro inmediato seremos capaces de lograr
lo que más anhelamos. ¿Qué más da un día
antes o después? ¿Por qué necesitamos fijar un segundo
para iniciar algo? Cualquier momento es el apropiado, siempre que sea
posible. Fijarse metas inalcanzables es seguir el camino más corto
hacia la frustración. ¿Es lo más importante para
mí? ¿Quiero? ¿Puedo? Voy a por ello. Después,
ya sabemos. Esfuerzo, perseverancia, no perder el rumbo, no escuchar los
cantos de sirenas. Aunque a veces se aleje nuestro objetivo, nos sentiremos
más fuertes y seguros de nosotros mismos al comprobar que, si no
abandonamos entonces, lograremos lo que nos proponíamos. Lo que
acabo de escribir parece sacado de un Power Point llegado por Internet,
dando buenos consejos. En realidad no nos hacen falta, todos sabemos,
si queremos, qué es lo que debemos hacer. Comprendedme, me he alejado
de la zona donde nos hemos instalado varios coches, estoy paseando por
un bosque solitario rodeado de animalitos. Cae la noche. Estoy solo. Miro
la Cruz del Sur. Mañana será fin de año.
Mi primera toma de contacto con el centro de Sidney
transcurre bajo un cielo cubierto de nubes que, a ratos, descarga lluvia.
He dejado el coche. Para llegar al centro, me he servido de un tren de
cercanías que enlaza con todos los medios de transporte posibles
en la ciudad. Bajo una parada antes del puente metálico del puerto
de Sydney. Quiero cruzarlo andando. Desde lo alto puedo ver ante mí
el edificio de la Opera, el símbolo de Sydney. Lo había
visto en múltiples ocasiones en reportajes, fotos, bajo los fuegos
artificiales en la entrada del año 2.000… pero ahora lo tengo
ahí delante, a unos 500 metros. Bien. No me decepciona. Sus cúpulas,
como caparazones de tortugas, alcanzan, en su punto más elevado,
la altura de 67 metros. Sé que voy a fotografiarlo desde distintos
ángulos, con diferente luz, pero esta primera toma tiene el valor
del encuentro. Cuando desciendo del puente me acerco al puerto del que
salen numerosos ferrys hacia destinos cercanos. Autobuses marítimos.
La ciudad, cómo no en Australia, se extiende por colinas y valles
frondosos. Los únicos edificios altos se encuentran en el centro.
A algunos pueblos próximos, se accede cómodamente en estos
barcos. Un gran paquebote, el “Diamond Princess”, 116.000
toneladas, 290 metros de largo, 38 de altura, 17 cubiertas, está
amarrado en un muelle cercano. Es un edificio más que no desentona
cerca de la primera línea de rascacielos. Particularmente me gustaban
más los antiguos trasatlánticos, con sus grandes chimeneas.
Colas ante las taquillas donde se expenden los billetes para los distintos
ferrys. Antiguos, modernos, incluso los de aventura. Grupo pequeño
de pasajeros, con chalecos salvavidas, que saltan sobre el agua a gran
velocidad. Precios para todos los bolsillos. Se puede comprar un pase,
valedero para todo el día, con el que se tiene acceso, sin límite,
dentro del área del Gran Sydney, a trenes de cercanías,
autobuses y ferrys. Unos diez euros. En ese lugar, donde coinciden ciudadanos
y turistas, grupos aborígenes vendiendo cd’s de música
autóctona. Percusión y didgeridoo, ese raro instrumento
musical australiano. La combinación es marchosa, pero algo monótona.
Mi paseo sigue por la parte más antigua de la ciudad, que conserva
pocos edificios originales. Luego un largo paseo por el Jardín
Botánico Real. Sorprende, al entrar, un cartel en el que, en vez
del habitual “No pisar el césped”, puede leerse “Por
favor, camine sobre la yerba”. Se cumple con la petición.
Es más, hoy que no abrasa el sol, la gente se sienta en el césped,
en vez de utilizar los bancos de madera, bien dispuestos bajo árboles.
Al salir del parque, camino por las calles centrales, en busca de otro
puerto muy animado, “Darling”. Hasta ahí puede llegarse
en el tren monorraíl, elevado, entre edificios. Centros de ocio,
cines, restaurantes, bares, tiendas, alrededor del puerto. Y, por supuesto,
varios servicios públicos, gratuitos, limpios, para resolver cualquier
necesidad fisiológica habitual. No todos son como el que he retratado,
en cuanto a diseño. Pero el nivel es similar en lo referente a
limpieza y mantenimiento. Nunca falta jabón ni papel. Hay que reconocerlo.
Es la única manera de resolver determinados problemas que no se
afrontan en ninguna ciudad española, que yo sepa. Harto estoy,
en mi país, de tomar un café, que no me apetece, para poder
ir al servicio.
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