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El
área de Mission Beach es una larga franja de playa. Lugar de vacaciones.
Las mismas limitaciones para nadar en el mar que en las otras playas que
he visitado. Dos zonas, norte y sur, separadas por el cauce de un río.
La zona norte más residencial, con villas, en su mayoría
de alquiler. La zona sur con hoteles, centro comercial, restaurantes y
bares. La temporada alta, según me informan, es de Junio a Septiembre.
No llueve y hace menos calor. Estamos en Diciembre. Para mí, la
temperatura ideal. ¿30º? El camping donde me instalo casi
vacío. Puedo disfrutar de todos los servicios sin apenas coincidir
con alguien. Internet funciona. Perfecto. Salgo a pasear para conocer
la zona. Voy buscando las sombras. Son las cuatro de la tarde. ¿He
dicho 30º? No. Tal vez 34º. Está bien. Al salir a la
playa, delante de mí, la silueta en el horizonte de la isla Dunk.
Oferta turística con parque natural incluido. Paseos por el parque,
observación de aves, deportes acuáticos, buceo…No.
He decidido seguir hacia el sur, desviándome de la costa, únicamente
cuando tenga la oportunidad de ver algo muy especial. Veo tomar tierra
a unos paracaidistas. Desde hace muchos años tengo ganas de saltar.
Me gustaría experimentar esa sensación de volar, sin ayuda
de ningún artefacto, que se logra en la caída libre, antes
de abrir el paracaídas. Hace años, para lograrlo tenias
que ir a clases, saltar varias veces, abriendo el paracaídas por
una cinta enganchada al avión, hasta que un día te permitían
que fueras tú quien abriera el paracaídas. Eso sí,
inmediatamente después de saltar. Así poco a poco, si seguías
disciplinadamente las normas, un día te permitían la caída
libre, ya estabas preparado. Soy muy perezoso. Por aquel entonces, hace
33 años, vivía en Madrid. Los saltos se efectuaban en Sanchidrián,
Ávila, creo. Levantarte temprano, conducir 100 kms. Saltar desde
torre, volar, saltar, plegar paracaídas, volar, saltar… “Continuaremos
el fin de semana que viene”. Tenías que estar muy interesado.
Con los años cambió. Sin ninguna clase ni experiencia anterior,
puedes sentir la misma sensación, saltando en tándem. No
te preocupas de nada. Por una causa u otra, pereza, indecisión,
miedo... lo había dejado. Pero ha llegado el momento. Asignatura
pendiente. Estoy en el lugar apropiado. Hace calor. Poca gente. "Ahora
o no lo harás nunca". Viene a recogerme una chica joven, conduciendo
un microbús. En la terraza cubierta del centro de paracaidismo
nos encontramos unas quince personas. Todos jóvenes, salvo yo.
No preguntan la edad. Relleno un formulario aceptando los riesgos que
acompañan un salto con paracaídas. Contesto las preguntas
sobre estado físico, me peso (horror, he engordado cinco kilos,
desde que llegué a Australia) y firmo. Sale un primer grupo. Quedo
para el segundo. Pasamos dos horas viendo dvd’s de saltos y reportajes
sobre la zona de Mission Beach. Llega el momento de subir al microbús
para dirigirnos al aeropuerto. Música animada, movida, sonrisas
de monitores y conductor. Hay que crear el ambiente adecuado. Los que
van a saltar por primera vez, serios, mirando al horizonte, por la ventanilla.
Me presentan a mi monitor, un croata, Sinno, con miles de saltos. Me explica
como tengo que comportarme durante el salto, el vuelo y el aterrizaje.
Antes de subir al avión me coloca el arnés. Me pregunta
si me importa saltar el primero -somos ocho-. Le digo que me parece bien.
Me aclara, que si saltamos los primeros, iremos al lado de la puerta,
abierta, aire acondicionado natural. Los demás tendrán que
soportar calor sofocante durante el vuelo, hasta que la avioneta alcance
la altura prevista, 14.000 pies, 4.267 metros. Cuando me siento en el
suelo del avión, Sinno engancha mi arnés a una barra lateral
que impedirá que me caiga mientas nos dirigimos a la zona de salto.
Prácticamente, con la puerta abierta, mi brazo derecho está
fuera del avión. No me impresiona. He volado en varias ocasiones
en helicópteros y avionetas, en una posición semejante,
con la puerta abierta. Una joven, sentada en frente de mí, me fotografiará
durante el salto. Ajusta la cámara, sonríe, me pregunta
si voy bien. Asiento con la cabeza. Recuerdo situaciones semejantes que
hemos visto en tantas películas. Luz verde, una milla para llegar
al lugar previsto de salto. Luz amarilla, preparados, luz roja, salto.
Cuando nos estamos acercando, Sinno aprieta las cintas. Estamos totalmente
pegados. Sentado en la puerta, con las piernas fuera, tocando con los
talones el fuselaje, esperando la luz roja, pienso… "Espero
que no le dé un síncope a Sinno, nadie me ha explicado cómo
se abre el paracaídas”. Miro hacia abajo. Volamos sobre el
mar. “Si caemos en el agua -por algo llevamos en la cintura un chaleco
salvavidas- los tiburones, pulpos y mil bichos venenosos que nos esperan
ahí abajo, se van a dar un festín". Impresiona mirar
desde esa altura. Pero, de verdad, no siento miedo. Me ha ocurrido igual
que cuando, en un vuelo comercial normal, el avión empieza a moverse
mucho. Miro por la ventanilla y compruebo que estoy muy arriba. Me intranquilizo
cuando se mueve, estando cerca del suelo. "¿Ready?.Go".
Subidón de adrenalina. Sin apenas darme cuenta, estoy volando.
Se alcanzan los doscientos kms. por hora. El aire te deforma la cara.
Creía que un minuto se me haría eterno y pasa rápidamente.
Incapaz de pensar en nada. Volando sobre el mar. La chica que me fotografía,
delante de mí, a unos tres metros. El disparador lo lleva entre
los dientes. Cada vez que muerde, una foto. No tengo sensación
de caer. Faltan referencias de altura. El suelo es plano. Incapaz de calcular
qué distancia me separa de la tierra. Tirón. Se abre el
paracaídas. El monitor me afloja las cinchas para que me sienta
más cómodo. Sinno me pregunta si voy bien, asiento. Da unas
cuantas vueltas antes de descender. Hemos saltado los primeros y llegamos
a tierra los sextos. En total deben haber transcurrido ocho minutos. Y
ahora en este momento, tengo la sensación de que ocurrió
hace muuuucho tiempo. Ya lo he probado. No creo que vuelva a saltar en
mi vida, pero ya sé lo que es. Me ha gustado. Es más, si
no fuera tan perezoso incluso disfrutaría practicando ese deporte.
¡Qué pena! Sólo un minuto.
Antes
de abandonar Mission Beach, quiero tomar unas fotos de paracaidistas saltando.
Imposible. Sol, lejanía y velocidad convierten mi propósito
en algo irrealizable. Cuerpos tan diminutos en el cielo que sólo
pueden ser vistos cuando dejan estelas de humo coloreado. En las demostraciones
de salto conjunto, se lanzan con botes de humo, sujetos a una pierna.
Azul, rojo, blanco. Esos puntos dispersos van uniéndose, hasta
formar circunferencias, que se rompen antes de abrir los paracaídas.
Sigo dirección sur. Me detengo en Townsville. Durante la segunda
guerra mundial fue la mayor base militar de las fuerzas australianas y
norteamericanas. Como la mayoría de las ciudades de este país,
se extiende a lo ancho y largo. Sus únicos edificios altos se levantan
en la zona central, barrio dedicado casi exclusivamente a oficinas y tiendas.
Un alto peñón se alza dominando la ciudad. Encuentro el
camping que busco en un área tranquila, cerca de la playa. El centro
comercial más próximo se encuentra a unos cuatro kms. Tengo
que comprar un alargo de cable eléctrico. Voy caminando, así,
a la vez que hago ejercicio, puedo observar mejor los barrios que cruzo.
Me llama la atención una casa que sobresale del resto. Desde luego
goza de vista sobre el mar. Sola. Ninguna otra la rodea. Se apoya sobre
tubos de acero. Prueba irrefutable de aquí no deben sufrir temblores
de tierra. No es aconsejable para inquilinos con vértigo. Después
puedo comprobar que es habitual ese inusual emplazamiento. Las paredes
de las colinas, rocosas, son escarpadas. Encuentro el centro comercial
y el cable que buscaba. He llegado hasta aquí siguiendo la avenida
principal, que transcurre por el interior. Para regresar sigo distinto
itinerario. Me acerco a la orilla del mar. Encuentro el mayor centro de
ocio de la ciudad, el parque que se encuentra entre la primera línea
de edificaciones y la playa. Nuevamente he de reconocer los logros de
esta sociedad, ejemplar en este segmento. Jardines, caminos, mesas, bancos,
fuentes de agua potable, servicios, duchas, extensas zonas de baño,
piscinas interiores, cercanas a la orilla, planchas de acero para cocinar,
calentadas por electricidad… todo gratuito, limpio, cuidado, bien
mantenido, respetado por los usuarios. Son conscientes de que lo público
les pertenece. Se ha pagado con sus impuestos y siguen pagando por su
conservación.
Abandono la carretera principal para acercarme a
lugares apartados, escogidos por unos pocos para disfrutar de su tiempo
vacacional. Nada especial. Playas solitarias, limpias, que varían
sensiblemente según el ciclo de las mareas. Cuando empieza a caer
el sol, busco un lugar donde pasar la noche. Se acercan las fiestas navideñas.
Las vacaciones escolares suelen iniciarse a mediados de diciembre hasta
finales de enero. Me encuentro en el estado, Queensland, con más
lugares preparados para recibir turismo. Debido a esas circunstancias
me encuentro en una situación extraña para mí. Hasta
ahora he viajado por la Australia despoblada. Ahora estoy llegando a esa
parte de la gran isla, la costa este, en su tramo central y sur, donde
reside la mayoría de los australianos. Época de vacaciones.
Todo el que puede, deja la residencia habitual y viaja. ¿Adónde?
No al “outback”, el interior, desierto con nubes de moscas
o inundado por las lluvias, hábitat idóneo para los mosquitos.
A las playas. Justo por donde quiero ir. Veremos cómo sobrevivo.
Tengo que aclarar que el turismo interior “masivo” no tiene
nada que ver con el que se sufre en España durante el verano. Las
playas siguen prácticamente desiertas, en los restaurantes siempre
hay mesa, en los campings plaza. Podría dormir en el coche en cualquier
lugar, parque o calle solitaria. Así lo hace la mayoría
de jóvenes europeos que pasan un año en el país,
terminando su tiempo de estancia con un viaje alrededor de la isla, en
una furgoneta preparada, que han comprado a buen precio. Podría
hacerlo, pero no lo hago. Me he mal acostumbrado. Estoy habituado a la
ducha con agua caliente, a la nevera que refresca mis bebidas, a la cocina
donde preparo cómodamente mi cena y al agua corriente donde lavo
los utensilios que he utilizado. ¿Aglomeraciones? Aún no
las he visto. Sigo encontrando apartados rincones donde se recibe al viajero
como si fuera un antiguo conocido. En Clearview, después de compartir
una botella de cerveza con el propietario del camping, recorro la extensa
playa, con la marea baja. Cuando suba, los árboles desaparecerán
bajo el agua. ¿Turistas? Este es otro mundo. Aquí no hay
nada que les atraiga. Soledad, arena, manglares… y la sabrosa cena,
plato único, que ha preparado la esposa del dueño. Todos,
ocho personas, comemos lo mismo. Exquisito.
He llegado hasta las Cuevas de Capricornio. Fueron
descubiertas en 1.882. Hay posibilidad de seguir un recorrido “iniciático”
de espeleología. Proporcionan mono, casco y linterna. Se pasa por
estrechos pasadizos, llegando a salas de estalactitas, a otras con restos
de coral. Hay que arrastrase, en ocasiones, mientras se sigue el laberíntico
itinerario. En las cuevas se refugian miles de murciélagos. Su
aleteo aumenta con la llegada de extraños que rompen con luces,
movimiento y voces, su oscuro cobijo. Puede ser divertido, pero lleva
su tiempo. Opto por la visita clásica. Un paseo por las cuevas
más accesibles, iluminadas, con puentes, escaleras. En la más
grande, la “Catedral”, el día de Navidad actúa
una coral que magnifica la acústica de la gran cueva. En otro tramo,
una hendidura, a catorce metros de altura, permite, desde el uno de diciembre
hasta el quince de enero, a mediodía, la entrada directa de la
luz solar. Reflejándola sobre una esfera de espejos, moviéndola,
se crea un sorprendente efecto visual.
Cerca
de Herve Bay, se encuentra la isla de arena más grande del mundo,
Fraser. 120 kms. por 15.Dunas de 200 metros de altura, selva tropical,
lagos de agua dulce. Un lugar único que quiero visitar. Por supuesto
atrae a gran número de visitantes, nacionales y extranjeros. Hay
varias agencias que ofrecen los distintos paquetes de estancia, de uno,
dos o tres días, con alojamiento, comidas, guías, transporte.
Otras alquilan vehículos todo terreno, los únicos autorizados
a circular por las pistas y playas de la isla. Tengo que conseguir un
pasaje para el transbordador que me llevará hasta allí.
También un permiso especial para el coche y otro para acampar en
las distintas zonas públicas, con servicios, que se encuentran
en distintos lugares de la isla. Los permisos pueden conseguirse por internet,
pero… cuando lleno la casilla de nacionalidad, se abre otra pidiendo
el nombre de la compañía que me ha alquilado el coche. El
programador no contempló la posibilidad de que un foráneo
quisiera circular por la isla de Fraser en su propio todo terreno. Termino
acudiendo al puerto de embarque, a unos 30 kms, donde resuelven el problema.
Una de cal, una de arena. Sorpresa desagradable, no funciona mi compresor.
Funciona el motor, pero no aumenta la presión. Si tengo que enfrentarme
a pistas arenosas, prefiero poder contar con la ayuda del compresor, que
puede ser útil en algún momento. Empiezo una peregrinación
por talleres, tiendas de accesorios, coches 4x4 y caravanas. Un día
en el que no resuelvo la contrariedad pero que me sirve para conocer la
ciudad, larga y estrecha siguiendo la línea costera. He dado, a
última hora de la tarde, con un taller, especializado, en el que
se ofrecen a revisarlo. Para ello tengo que sacarlo del lugar en donde
se encuentra, detrás del asiento del copiloto. Se colocó
ahí, antes de incorporar el armario. No hay forma de acceder a
los dos tornillos traseros. Logro liberara uno. La tuerca del otro esta
encajada junto a un trozo de plancha. Imposible desatornillarla. Nueva
excursión por talleres. El Australia he visto muchas personas mayores
trabajando. En Europa estarían jubiladas. Aquí siguen al
pie del cañón. Tal vez les cuesta un mayor esfuerzo inspeccionar
un coche por debajo, pero no se esconden e intentan ayudarte cuando les
expones tu problema. Doy con el taller adecuado. El jefe de taller, alto,
pelo blanco, unos 70 años, termina de colocar unas pastillas de
freno y me atiende. Comprende. Se desliza debajo del Toyota, sale, va
en busca de una mini sierra eléctrica para cortar metal y, mientras
yo desplazo y aguanto el compresor, secciona el tornillo. Costo: un euro
con ochenta céntimos. Regreso al taller de los compresores. Es
viernes. - “Vuelva el lunes a primera hora de la tarde. Intentaremos
repararlo”. Dos días y medio para pasearme por Herve Bay.
Parque, entre playa y edificios. Me encuentro con un museo de un cazador
profesional de tiburones. Sencillo, explicito. Fotografías, recortes
de prensa, dos tiburones congelados, mostrando su terrorífica dentadura.
Unas mandíbulas gigantescas, modeladas, siguiendo la escala lógica
de medidas, partiendo de un diente fosilizado de un tiburón prehistórico.
Una pared cubierta con noticias sobre ataques de tiburones o bañistas
desaparecidos. Una foto junto a un monstruoso tiburón blanco y
una nota explicativa en la que se informa que ese tiburón fue “cazado”
en la zona en la que había desaparecido el primer ministro Harold
Hold, la misma en la que habían desaparecido otras 119 personas
en los últimos 17 años. Dos salas de visionado en las que
se proyectan programas de televisión presentados por Vic Hislop,
el “cazador de tiburones”. No pienso bañarme en el
mar. Cerca del museo se adentra en el mar un puente embarcadero que se
construyó en 1.917. 1.124 metros de largo. Servía para descargar
en los barcos carbón y azúcar. Un tren era el transporte
empleado entre tierra firme y los barcos. En 1.985 se ordenó su
demolición. Una campaña ciudadana logró detener la
destrucción del puente, salvando sus tres cuartas partes. El Ayuntamiento
se hizo cargo de la reconstrucción y mantenimiento. Los ciudadanos
aportaron además un 10 por ciento del coste total del proyecto.
Hoy en día tienen 880 metros de puente que se adentra en el mar.
Una distancia equivalente a la que separa, en Barcelona, la Diagonal de
la Gran Vía, en el paseo de Gracia. Desde las barandillas del puente
lanzan los pescadores plomada, cebo y anzuelo. Las piezas capturadas pueden
abrirse y limpiarse en mesas de acero, con grifo de agua.
En general, todos los pueblos y ciudades que he
visto en la costa este, ofrecen un ambiente relajado, tranquilo, seguro,
donde la vida transcurre sin sobresaltos. No se oyen bocinas ni gritos.
No he visto gente corriendo, salvo alguna persona que elige ese medio
para mantener su buena forma física. Siempre aparece alguna excepción
a la norma. En Hervey Bay se altera el silencio habitual con los gritos
de los niños que juegan en el parque acuático. Entre chorros
de agua que surgen del suelo o caen de lo alto, los más pequeños
corren y caen. El suelo es de un material no resbaladizo, mullido. Entre
julio y noviembre, las ballenas pasan por delante de Hervey Bay. Tiempo
atrás esa migración repetida, año tras año,
era aprovechada para cazarlas. Australia ha impulsado leyes proteccionistas
para evitar la extinción de esos grandes mamíferos marinos.
Hoy Hervey Bay ofrece, como en las reservas africanas, safaris fotográficos.
Para asegurar avistarlas, e incluso acercarse a pocos metros de donde
saltan, emergen y sumergen, la época ideal es entre julio y octubre.
Tal vez esa sea la causa de que no aprecie actividad en el puerto deportivo,
de donde salen los yates para avistar ballenas. Se encuentra cerca del
camping en el que me alojo. Un lugar muy animado con mucha gente de paso.
Somos pocos, tres o cuatro, los que nos ubicamos en la zona de acampada.
La mayoría utiliza los dormitorios compartidos o las habitaciones
básicas con aire acondicionado. Los bungalows de madera, con salón,
cocina, baño y aire acondicionado, suelen ocuparlos familias con
niños. Los lugares comunes están bien dotados. Se ofrece
desayuno austero gratuito. Los extras se pagan aparte. Por la noche un
bufet ofrece distintas posibilidades a un precio muy asequible, Piscina,
billar, televisión, internet (pagando). No deja de sorprenderme
la dificultad de conectarse a la red. En los lugares donde existe la posibilidad
el precio es elevado. Tres euros y medio la hora. Lento. Cuando la conexión
es rápida pueden llegar a cobrar hasta cinco euros la hora. Supongo
que en Sídney y Melbourne será distinto. En mis largos paseos
por la ciudad he comprobado que el medio preferido, por las personas de
edad avanzada, para desplazarse es el carrito eléctrico con asiento.
Protegidos del sol, por un toldo, los usuarios pueden recorrer grandes
distancias. La velocidad máxima debe ser 10 kms. por hora. Suficiente
para ir al supermercado, al cine, a un bar, a visitar a unos amigos o
simplemente para desplazarse por el parque. Llegan al lugar a donde se
dirigen, aparcan sus cuatro ruedas y ahí lo dejan hasta que llegue
la hora de regresar. No creo que los roben, por lo menos en estos pueblos
de la costa. Está tan extendido su uso que he visto, en un periódico,
la foto de un grupo numeroso de jubilados, exigiendo el cumplimiento de
algún derecho, todos en su carrito eléctrico. También
sorprende el saludo habitual cuando se cruzan las miradas de la gente
que pasa por al lado. Es un mero formulismo, pero agradable. Sonrisa y
saludo, con leve inclinación de cabeza. En un determinado lugar,
solitario, sobre unos árboles, cercanos a la desembocadura de un
riachuelo en el mar, racimos de grandes murciélagos pendiendo de
las ramas. En el momento que me acerco, se asustan y revolotean sobre
mí. Tengo que alejarme para que se tranquilicen y regresen a las
ramas desde donde contemplan el mundo cabeza abajo.
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