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Habituado
ya a las largas distancias que he cubierto, por carretera, en Australia,
acercarme a Cabo Tribulación se me ofrece como un paseo matinal,
150 kms. La carretera sigue paralela a la orilla. Me voy deteniendo en
algunas playas. Fantásticas, solitarias, arena blanca, cocoteros…
En Ellis Beach, me topo con los carteles informativos que advierten del
peligro oculto que acecha a los insensatos que se les ocurra darse un
chapuzón, fuera del área protegida por redes que impiden
el paso de medusas. Pero es que, además de medusas, advierten que
pueden llegar tiburones y cocodrilos. ¿Lograrán detener
esas pequeñas redes que he visto a los monstruosos cocodrilos de
agua salada o a los agresivos tiburones blancos? No soy el único
que se plantea esas razonables preguntas. Hay pocos bañistas en
el agua. Lo comprendo. Tampoco son muchos los que llegan hasta la playa
para broncearse. Australia, por su situación geográfica,
cerca, relativamente, de la Antártida, se encuentra bajo el gran
agujero de ozono, lo que significa menor protección contra los
rayos ultravioletas. El país ha registrado en los últimos
años un aumento de cánceres de piel. En las playas más
frecuentadas, siempre hay un panel indicando el nivel de radiación
de UV. Hay tramos de carretera, entre montaña y mar, en los que
es imposible aparcar. Pero cuando se ofrece un pequeño espacio
donde detener el coche, cerca de una playa, siempre, siempre, he visto
el cartel de prohibición de bañarse, advirtiendo los peligros
que conlleva. Únicamente se encuentran redes de protección
en las grandes playas. En las pequeñas, solitarias, franjas de
arena que he ido pasando, únicamente hay carteles de advertencia
y algo muy importante para aquellos que, haciendo caso omiso de las indicaciones,
se bañen y sufran el desagradable encuentro con una medusa: vinagre.
Una botella de vinagre, llena, en un lugar bien visible. En el camino
a Cabo Tribulación, he pasado por Port Douglas, otro enclave turístico,
más apacible que Cairns. Un pequeño pueblo, mil personas,
con una larga y bellísima playa de arena blanca. Lujosos hoteles
y restaurantes, para los más adinerados. Cruceros a la Gran Barrera
de Coral. Doy una vuelta por el parque cercano a la playa. Asciendo una
colina desde la que puedo observar, en toda su extensión, la línea
costera. Hace mucho calor. Estoy empapado. En el alto, la brisa proveniente
del mar me refresca. Uf. Qué suerte estar aquí, ahora, 27
de Noviembre, y no en la Costa Brava. Dejo Port Douglas, siguiendo hacia
mi destino del día. No se ofrecen muchas alternativas. Alguna playa.
Llego al transbordador que cruza el rio Daintree, que da nombre a un Parque
Nacional. Tengo suerte, mi coche es el último. Acabo de frenar,
estacionándome en el lugar que me indican, y ya nos alejamos de
la orilla. No puedo dejar de recordar los transbordadores de Laos que
cruzan el Mekong. En minutos se preparan comidas, se venden refrescos,
frutas… la plataforma se convierte en un centro de animación.
Aquí, motores apagados, puertas cerradas, nadie puede descender
del vehículo, durante el trayecto. Apenas se detiene el lanchón,
baja la plancha, iniciándose el desembarco. El asfalto sigue en
dirección norte. Estoy dentro del Parque. Selva tropical. Entre
mar y montaña. La playa a mi derecha. Algunas subidas y curvas
pronunciadas. Esto es turístico, no hay duda. Muchos hoteles anunciados
a izquierda y derecha, pero… no los veo. Caminos que se pierden
entre los árboles. Algunos desembocan en playas, Cape Kimberley,
Cow, Alexandra, Noah, Thornton, todas de postal, sin rastro alguno, sobre
su arena, de “civilización”. Algas secas, conchas,
alguna hoja de cocotero… ¿Qué corrientes llegan aquí?
Las playas africanas del este, reciben zapatillas de goma o plástico
provenientes de Asia. El camping que busco se encuentra cerca del Cabo,
en un claro, rodeado de selva. Ya me he acostumbrado a los campings. Son
cómodos, baños limpios, duchas con abundante, potente, chorro
de agua, cocinas con quemadores y planchas de gas. Neveras para conservar
refrescos, leche, carne, alimentos perecederos. Enchufes eléctricos
para alimentar el ordenador. ¿Qué más necesito? En
algunos, incluso, se dispone de acceso a Internet. Me he adaptado. Aparcado
el Toyota bajo la protectora sombra de unos árboles, sigo el sendero
que me lleva a la playa. Veo el Cabo Tribulación. El Capitán
Cook lo denomino así porque su barco, el “Endeavour”,
sufrió serias averías al chocar sus bajos con un arrecife
sumergido. ¿Paraíso Perdido? Es lo más cercano que
he visto. Podría serlo si sus aguas fueran transparentes y apropiadas
para nadar. Una joven me dice que acaba de ver una ballena emergiendo
a la superficie y unos segundos después ha vuelto a sumergirse.
En esos dos o tres kilómetros de playa, me he encontrado con cuatro
personas, dos de ellas, chicas, solas, tomando el suave sol de la tarde.
Sí, es una playa preciosa, sin gente y –algo muy importante-
totalmente segura. Sin riesgo de sufrir acosos o robos. Tal vez sea esto
último lo que convierte Cabo Tribulación en un “Paraíso
Perdido”.
En
todos los folletos de la zona se recomienda a los conductores de vehículos
4x4 que, por lo menos una vez en su vida, cubran el recorrido entre Cabo
Tribulación y Cooktown. 125 kms pasando, en su mayor parte, por
el Parque Natural de Daintree. Esa pista se construyó en 1.968,
con el fin de impulsar el turismo y dificultar el contrabando de mercancías
y drogas. La población local está en contra. Se han aportado
informes científicos demostrando el daño irreparable que
causa el tránsito de vehículos a motor, sobre flora y fauna.
Se han producido enfrentamientos, intentando paralizar las obras de pavimentación.
Es más, he leído que probablemente esa ruta se cierre dentro
de diez años. Con toda esta información, aumenta mi interés
por llegar a Cooktown por la pista costera. Cuando se circula por una
carretera que atraviesa selva, la visión se reduce. Sobre todo
si el terreno, como en esta ocasión, no es llano. Subidas, bajadas,
curvas, quedan encuadradas dentro de una monótona decoración:
una pared verde, impenetrable. Encuentro algunos pasos de riachuelos.
Pueden llegar a convertirse en un obstáculo infranqueable, después
de lluvias torrenciales. No hoy, que luce el sol en el cielo despejado.
Todas las pistas que he seguido, hasta ahora, en este país, muestran
una gran e importante diferencia con las de países menos desarrollados.
Los pasos de ríos, como estos que me estoy encontrando, son seguros,
si no hay corriente fuerte. El fondo es uniforme, sin grandes agujeros
o rocas. En África, por ejemplo, antes de vadear un río,
lo paso a pie, intentando comprobar por dónde debo cruzarlo. Esta
ruta que sigo no tiene ningún peligro. Aún en época
de lluvias, bastará con esperar a que descienda el nivel de los
torrentes para pasar. Hay fuertes pendientes, superables por cualquier
coche, no son demasiado largas. El primer tramo, 35 kms. es el que encierra
esas pequeñas dificultades. Luego se suceden tramos asfaltados
y de tierra. A mediodía entro en Cooktown, junto al río
Endeavour, elegido por el capitán Cook para reparar el barco de
las averías sufridas cerca del Cabo Tribulación. Una roca,
con una placa, señala el lugar exacto donde permaneció el
buque, hasta que una vez reparado estuvo listo para navegar. Estas ciudades,
pueblos, como Port Douglas, nacieron y se desarrollaron gracias a las
minas de oro. En distintas épocas, en apartados lugares, alguien
iluminaba su rostro contemplando el reflejo dorado de un pepita o de una
porción de de ese polvo metálico. Se registraba la propiedad,
corría la voz, llegaba gente de todo el mundo en busca de fortuna.
Oro. En 1.874, estaban abiertos, en Cooktown, 94 pubs para saciar la sed
de más de 30.000 personas. Muchos de esos trabajadores eran chinos.
Se agotaron los filones, desaparecieron los mineros, se cerraron los pubs.
Dos ciclones y una evacuación, durante la segunda guerra mundial,
ralentizaron el ciclo de Cooktown. La energía necesaria para revitalizar
el enclave llegó, a partir de 2.005, por la carretera recién
asfaltada a Mareeba, en la meseta cercana a Cairns. Hoy la población
de Cooktown se acerca a los 1.500 habitantes. El camping en el que me
he alojado se encuentra en un bosque de eucaliptos. Todo está cerca.
Cuatro o cinco calles que se cruzan. Me cerco al “Business Centre”,
según la indicación de un cartel, en una rotonda. La calle
principal, con algunas tiendas, una gasolinera, hoteles y varios pubs.
Entro en uno de ellos. Puertas abiertas para que se establezca una refrescante
corriente de aire. Encargo y pago –aquí se paga en el momento
de pedir- un filete con patatas fritas y una pinta de cerveza. Salgo a
una zona, cubierta, al aire libre. Una raya amarilla separa la zona de
fumadores. En esa zona no se puede comer, ni chucherías. Un grupo
de fumadores, bebe cerveza, comentando un partido de cricket. Al lado,
un grupo de fumadoras, bebe cerveza, come patatas fritas y se ríe
gracias a los chismes que cuenta una de ellas. Es sábado. Descanso
sagrado. Salgo del pub dispuesto a ver todo aquello que ofrece Cooktown
a un recién llegado. He establecido un itinerario, mientras tomaba
café. Primero la montaña, para tener una visión general.
Grassy Hill es un bloque de granito que obliga al rio Endeavour a describir
una gran curva buscando su salida al mar. En lo alto un faro. Vista panorámica
de costa, mar, interior y el pueblo, que no ha dejado de mejorar. Es muy
agradable pasear por su parque cercano al río. Monumentos de distintas
épocas recordando la arribada de Cook. Bancos, sombra, azulejos
decorativos incrustados en un camino peatonal. Un calendario aborigen
señalando, por meses, cuando y qué animales se deben cazar,
para que no entren en peligro de extinción. Todo subvencionado
por particulares. Un gran barco… musical. Para mayor regocijo de
los niños, un barco con instrumentos musicales, micrófonos
y amplificadores. El uso es gratis. Tiene limitaciones. Edad y horario.
En un lugar destacado un cañón. Uno más, de los innumerables
que se conservan en todo el mundo. Lo divertido es el cartel explicativo
que cuenta que ante las insistentes peticiones del consejo de la ciudad,
en 1.885, al premier de Brisbane, pidiendo armamento y oficiales para
defenderse de un posible ataque ruso, les enviaron este cañón,
construido en 1.803, tres balas, dos rifles y un oficial para disparar
el cañón. Me he acercado al cementerio. Se divide en zonas
por religiones. He obtenido un mapa, en el centro de visitantes, indicando
las diferentes particularidades que pueden observarse. Nadie sabe por
qué Elizabeth Cooper, de 26 años, que murió en 1.874
está enterrada en un lugar lejano, apartado. Otras preguntas sin
respuesta se encuentran en la tumba de una mujer que falleció en
1.886. Nadie supo quién era ni de dónde venía. Era
una mujer joven, europea, que vivía integrada en un grupo de aborígenes,
a 60 kms. al sur de Cooktown. Se organizo una expedición para rescatarla.
Hubo enfrentamiento. Se produjeron muertes. Ella fue herida. Fue trasladada
por la fuerza al hospital. Se negó a tomar alimento alguno hasta
morir. Una cruz, con un corazón. Flores.
Para regresar a Cairns opto por la gran distancia,
una vuelta por pistas, pasando por otro parque nacional, Lakefield. Nada
especial. Pista algo ondulada, paso por algunos cauces de riachuelos.
Me detengo en un antiguo asentamiento, Laura. Quedan en pie algunos edificios
de plancha metálica. El pueblo se trasladó unos veinticinco
kms. al sur. Todo ha cambiado en Australia a gran velocidad. Descubrimientos,
asentamientos, exploraciones, granjas, minas, ciudades, comunicación…
Estoy recorriendo los espacios abiertos de la antigua Laura, situada junto
a un riachuelo, con cocodrilos. Soledad absoluta. ¿Qué antigüedad
tiene esto? Sigo camino, cruzando pequeños pueblos, que vivieron
épocas de mayor actividad. Oro y cobre. Me detengo en Mt Molloy.
Pido una hamburguesa mejicana en “Lobo Loco”, famoso por ofrecer
las mayores hamburguesas del norte de Queensland. No exagero. La que me
sirven, mide unos 35 ctms. de altura. Quince de ellos, pan, lechuga, tomate,
pepino, se quedan en el plato. Tengo suficiente con los veinte de pan,
lechuga, tomate, queso, huevos fritos, carne. Llego a Cairns a media tarde.
La recepcionista del camping recuerda mi nombre. Es como volver a casa.
Saludo a la pareja coreana que desayuna y cena viendo, vía internet,
un programa de televisión, en directo, un concurso disparatado.
La gente no deja de sorprenderme. Vacaciones en Australia, guardando fidelidad
a su programa favorito. Bebo unas cervezas con Messias, dentista brasileño,
a quien visitaré el próximo año, en su país.
Observo que sigue en su tienda la pareja canadiense que vendió
su coche a unos jóvenes alemanes. Todo sigue igual. Es hora de
reemprender viaje. Dirección sur. Se acabaron los palizones de
carreteras solitarias. Me iré deteniendo cada 200 o 300 kms. Ya
veré.
Quiero
descender por la carretera cercana a la costa. Salvo que se me ofrezca
algo muy especial, no pienso visitar el interior. He agotado el cupo de
paseos por la selva, cataratas, cañones y ríos. La primera
opción se presenta pronto. Parque Paronella. He visto unas fotos,
parece interesante, algo distinto a lo visto hasta ahora. Sigo las indicaciones.
25 kms. entre campos de caña de azúcar, plantaciones de
mangos y plataneras. Sigo la visita guiada –formamos un grupo de
seis personas-. Interesante. Paronella, apellido catalán, que ellos
pronuncian mal, como si fuera italiano, Paronel-la. Venden una idea romántica.
El sueño realizado de José Paronella, un emigrante catalán,
nacido cerca de Port de la Selva. La historia contiene suficientes argumentos
para realizar un interesante documental sobre los emigrantes que aceptaron
la llamada de Australia, a principios del siglo pasado. Resumo. José
Paronella intentaba abrirse paso en la vida. Quería casarse con
su novia y formar familia. Estaba dispuesto a trabajar duro. Había
vendimiado en Francia. Le hablaron de Australia, la tierra del futuro.
Le atrajeron las posibilidades que se ofrecían a hombres como él.
No dudó. Prometió a su novia que volvería para casarse
con ella, cuando lograra situarse y ahorrar algo de dinero. Primero trabajó
en las minas. Desierto, sequedad, moscas. Queensland le ofreció
un clima más húmedo, soportable. Cortó caña
de azúcar. Ahorró. Nada de alcohol o mujeres. Se mantenía
fiel a la promesa hecha antes de abandonar su pueblo. Empleó bien
el dinero ahorrado. Abandonó el duro trabajo de cortar caña,
dedicándose a la compra-venta de terrenos con plantaciones. Había
emigrado en 1.913. Regresó a su pueblo once años después.
Demasiado tiempo. Su novia se había casado, tenía dos hijos.
El debía regresar a Australia con su esposa. Vale. Pragmatismo
catalán. Todo queda en casa. La ex novia se convirtió en
cuñada. José se casó con Margarita, la hermana pequeña.
El viaje de novios fue una larga travesía en barco hasta llegar
a Queensland. Cinco años después, en 1.929, compró
el terreno en el que se asienta el Parque Paronella. Durante años
había ido planificando el proyecto. Sabía muy bien lo que
quería. El terreno tiene tres niveles. En el superior, construyó
la casa, en piedra, hoy museo. En el nivel intermedio, “El Castillo”,
un edificio con un gran salón y escenario. Se utilizaba como sala
de proyección de películas, representaciones teatrales,
espacio para banquetes o como sala de baile. La iluminación variaba
según el fin con que se utilizara. Ya por aquel entonces contaba
con una esfera giratoria, recubierta de espejitos, que reflejaban luces
de distintos colores. José incorporaba a su parque los avances
tecnológicos a los que tenía acceso. En 1.933 compró
una planta hidroeléctrica que cubría las necesidades del
parque. La primera del norte de Queensland. Un río cruza el terreno.
Un salto de agua entre niveles. La cascada fue bien aprovechada por José.
En el nivel más bajo, jardines, pistas de tenis, zona de juegos
para los niños, piscina natural junto a la cascada, mesas, bancos,
fuentes, un edificio con cocina, bar y cabinas para que los bañistas
pudieran cambiarse y dejar la ropa. Cuando termina la visita guiada, vuelvo
sobre mis pasos, llegando a todos los rincones del parque. Escaleras,
edificios, mesas, barandillas, jardineras, puentes, todo fue construido
con cemento, reforzado con trozos de vía ferroviaria. Debió
ser un lugar muy agradable. José ofrecía a todo el mundo
aquello que a él le hubiera gustado encontrar en los años
más duros de su existencia. Incorporó un “Túnel
del Amor”, que podían atravesar las parejas para llegar a
un escondido rincón del parque con un pequeño salto de agua.
Es fácil imaginar cómo fue el parque. Al anochecer se activaba
el sistema de iluminación. Luces, focos, bien situados y orientados,
convertían el Parque Paronella en un lugar especial, fuera de este
mundo, donde cualquier sueño podía convertirse en realidad.
Paseo por todos los caminos, alcanzo la zona más apartada donde
se encuentra el bosque de bambúes. El parque está muy degradado
por un incendio, en 1.979, y varias inundaciones. José falleció
en 1.948, Margarita en 1.967. Sus descendientes vendieron la propiedad
en 1.977. Según leo, José plantó 7.000 árboles.
Arces, pinos, nogales, robles y los espectaculares Kauri, formando un
pasillo entre esos altos árboles que llegan a superar los 1.000
años. Cuando todo lo que resta del Parque Paronella sea finalmente
arrastrado por una nueva, devastadora inundación, cuando el bosque
que lo rodea recupere la posesión, José Paronella sobrevivirá,
diez siglos, gracias a las ordenadas y sobresalientes copas de la avenida
de los Kauri, que plantó en 1.933.
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