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En
el centro de atención a los visitantes, de Alice Springs, me recomendaron
todos los lugares interesantes de los alrededores, en un radio de cuatrocientos
kms. Descarté Kings Canyon porque había que subir, caminar
seis kilómetros y luego seguir unos 200 kilómetros por una
pista con suelo ondulado. Mientras esperaba la puesta de sol, ante Uluru,
unos franceses, explicándome lo que más les había
gustado en los dos meses que llevaban en Australia, me mencionaron precisamente
Kings Canyon. Al llegar al cruce con el desvío, golpe de volante
a la izquierda. Tengo que verlo.
Hace días que al arrancar el coche por la
mañana, oigo un ruido que, según creo, produce una correa.
Como desaparece enseguida, he dejado para más adelante la revisión.
Ya lo haré en Alice Springs, donde hay varios talleres. Los coches
suelen avisar con antelación cualquier anomalía, especialmente
los diesel. No he respondido con suficiente diligencia el aviso que me
estaba enviando mi sufrido Toyota. A unos seis kms, pasado un bar-restaurante-gasolinera-alquiler
de helicóptero, en donde me he detenido para desayunar, veo que
la temperatura se ha disparado. Detengo el coche, abro capó y espero
que se enfríe el radiador. Restos de la correa del ventilador.
Bien, hay que colocar una nueva. Llevo de repuesto. Pero… ¿cómo
se pone?. En el Land Rover lo tenía por la mano. En veinte minutos
solucionaba el problema, pero este sistema es distinto. El libro del usuario
no aclara nada. Decido regresar a la estación de servicio. Seguro
que allí hay quien me pueda ayudar. Arrancar, parar, enfriar, arrancar…
llego después de cuatro paradas. No hay servicio de taller. Cerca
del helipuerto, doy con un “manitas” que, después de
“estudiar” el motor del Toyota, me indica un orden lógico
para aflojar, poner la correa y tensar. No es exactamente como él
me indica pero su aparición ha sido providencial, como la de Michael,
un holandés que conocí en Australia Occidental, hace un
mes, que me presta una llave articulada que me permite aflojar un tornillo
más fácilmente. El motor abrasa. Coca cola fría,
conversación con Michael y su pareja. Es carpintero. Están
pensando vivir en España. Eso si encuentra trabajo. Problema resuelto.
Ahora ya conozco el orden. Puedo cambiar la correa más difícil
en veinte minutos, la otra en un cuarto de hora. Por la noche ceno con
un grupo de españoles con el que he coincidido en Uluru y en un
par de pubs. Cena entretenida por la música en directo que ofrece
una pareja “veterana”. Buen ambiente. Barbacoas, cervezas,
música country.
A las siete de la mañana inicio la ascensión
a la parte más alta del cañón. Una subida dura, corta,
pero exigente. En el camino reencuentro a una pareja alemana que conocí
en Kakadu, cerca de Darwin, hace algo más de dos semanas. Un país
enorme, con varios puntos en los que es fácil coincidir. Hace millones
años el mar cubría esta zona. Después se formaron
grandes dunas. Todavía pueden observarse las líneas que
traza el viento sobra las dunas, hoy convertidas en rocas. La acción
del agua y el viento, con el paso del tiempo, ha convertido esta meseta
en un conjunto de cúpulas y escaleras naturales. El cañón
está flanqueado por paredes verticales de 100 metros de altura.
En el fondo, un pequeño río es fuente de vida para fauna
y flora. Hay medusas fosilizadas en algunas paredes. Después del
descenso, formo convoy con los dos coches que lleva el grupo español.
Hemos decidido regresar a Alice Springs, pasando por Palm Valley. Una
larga carretera polvorienta, con duro suelo ondulado, atravesando zona
aborigen. Hemos tenido que tramitar un permiso, por el que hemos pagado
y que luego nadie nos ha pedido.
Cuando llegamos al asfalto, nos encontramos con
el desvío a Palm Valley. Les incito a llegar hasta ese lugar perdido
en el que sobreviven las palmeras rojas (Livistona mariae), últimas
supervivientes de cuando esta región de Australia central, hace
millones de años, fue una zona tropical. Los kilómetros
finales son duros, difíciles. Rocas y arena. Terreno de 4x4. Los
dos coches que me preceden se detienen en una plataforma rocosa. Seguirán
caminando. Llego hasta el final, dejando el coche a la sombra. Mañana
deben tomar el avión que les conducirá a Darwin, desde allí,
regresarán a España. Después de un breve paseo, nos
despedimos. Nos encontraremos, por la noche, en su hotel, en Alice Springs.
Yo dispongo de tiempo. El calor no me afecta. Paseo por ese estrecho cañón,
encajonado entre altas paredes, en el que resisten 1.220 palmeras rojas,
las únicas en el mundo. Al día siguiente, sigo otro itinerario
recomendado, cercano a Alice Springs. Cañones, gargantas, pozas
de agua, caminos sugeridos para efectuar caminatas por el bosque. A pesar
del esfuerzo físico que exigen estos paseos, la sensación
placentera de disfrutar en soledad estos parajes me reafirma, una vez
más, que tomé una decisión acertada al iniciar este
viaje. Ignoro que me depara el futuro, pero puedo asegurar que, en este
momento, no me preocupa lo más mínimo.
En mi camino de regreso a Tennant Creek, desde donde
me dirigiré hacia Queensland, paso por Wycliffe Well. Restaurante-bar-gasolinera-camping,
como otros varios en esa carretera central que une norte y sur del país.
En la anterior ocasión no paré. Esta vez hago una pausa,
un descanso, para distraerme de la monótona conducción por
las rectas interminables. Wycliffe Well, según algunos, se encuentra
en un cruce de líneas de energía, que lo convierten en uno
de los lugares más visitados por OVNIS y extraterrestres. En el
interior del bar, paredes cubiertas con noticias sobre el tema. Un seguro
contra abducciones, comprometiéndose a pagar 100 millones de dólares,
si el asegurado es abducido. 200 millones en caso de que los extraterrestres
practiquen sexo no seguro. Por supuesto todo contemplado con sentido del
humor. Paredes pintadas, carteles anunciando que los humanos son bienvenidos,
en la entrada del camping…Pero lo que realmente me ha impactado,
llegado de otro mundo, ya lejano, es el contenido de un escaparate kitsch,
en el que se exhiben, entre otros objetos, una flamenca, un torero, una
caja de jabones Myrurgia, una foto de Joaquín Bernadó, un
matador, catalán, que triunfó desde finales de los 50 hasta
finales de los 70, creo –si la memoria no me traiciona. ¿Quién
convirtió todos estos objetos en piezas dignas de exhibición?
Los
campings son lugares de encuentro. La hora de la cena, momento propicio
para conversar. Sigo coincidiendo con jóvenes europeos que eligen
Australia como primer destino al finalizar sus estudios. Un año
para mejorar el inglés y conocer el país. Pueden trabajar,
según determinadas condiciones, e incluso llegar a fijar su residencia.
Es una posibilidad. Muchos ingleses, franceses, alemanes, holandeses,
algunos belgas e italianos, pero ningún español. ¿Por
qué? Ya no viajamos en barco.
Abandono la carretera que cruza Australia de norte
a sur, para tomar la que me conducirá a Queensland, en el este.
Es una de las calzadas con menos pueblos de todo el país. Sé
que encontraré a Jean Bealiveau, camina en esa dirección.
Pregunto en la primera gasolinera. En esta ruta, al igual que en todas
las que unen apartadas ciudades o pueblos, de la Australia menos poblada,
cada 200 kms., se encuentra un conjunto formado por estación de
servicio, bar, restaurante y camping. -“Ha salido esta mañana.
Ha dormido aquí.” Lo encuentro, a veinte kilómetros,
bajo un árbol, tomando un té y un bizcocho energético
de frutos secos. Abrazos, sonrisas, alegría en las miradas por
el encuentro. Está contento, según me cuenta, porque está
disfrutando plenamente de esta larga caminata por carreteras sin fin.
Es su última prueba de resistencia física y mental. Lo que
queda en su programa, hasta llegar a Montreal, será menos duro.
Emplea cinco días en recorrer la distancia que separa un punto
habitado de otro. La temperatura diurna alcanza los 37 grados. Está
bebiendo ocho litros de agua por día. Eso serían cuarenta
kilos para transportar, además de la carga habitual, comida, ropa,
tienda, cocina, etc. Llena su bidón en los depósitos de
agua que se encuentran cerca de la carretera, cada 30 o 40 kms. Un cartel
advierte que el agua puede no ser potable. Jean me dice que jamás
ha tenido ningún problema a causa del agua. Me muestra un vídeo
que tomó con su cámara fotográfica hace dos días.
Ya he comentado anteriormente el acoso habitual de moscas. Estaba descansando,
bajo un árbol, con el sombrero sobre la cara, protegiéndola
de ese insufrible coleóptero, cuando oyó un ruido inconfundible.
No se movió. Cogió la cámara con su mano derecha
y grabó. Un lagarto, de lengua azul, se había acercado,
posando sus patas delanteras sobre la pierna derecha. Un banquetazo de
moscas que estaban posadas en la camiseta de Jean. Naturaleza. Ha tenido
suerte de no sufrir todavía ninguna tormenta en ese gran desierto.
No hay donde refugiarse. Le fotografío una vez más, iniciando
la caminata de la tarde. Nos despedimos hasta enero. Nos encontraremos
en Sidney. No dejo de pensar en él, cuando más adelante
me encuentro con otra zona en la que han desaparecido los arbustos. No
hay ninguna referencia. Nubes, si las hay, carretera y… una línea
en el horizonte, a derecha e izquierda. Caminará toda la jornada
y tendrá la sensación de permanecer en el mismo lugar. No
hay que asustarse. En estas condiciones, el principal peligro es uno mismo.
Es una carretera importante, con poco tráfico, pero cualquier conductor
detendría su vehículo, para ayudarle, si Jean se lo pidiera.
Es un caminante con gran experiencia, más 75.000 kms recorridos.
Está en buena forma física. Sonrío. Nos veremos en
Sidney.
Cruzo una de las fincas más grandes de Australia.
Cuando digo “grandes”, ¿qué quiero decir? ¿Qué
es una finca grande? La de mayor extensión del mundo se encuentra
en Australia. Es cuatro veces mayor que la más grande de EEUU.
Para comprender esas magnitudes hay que comparar con algo que conozcamos.
Por ejemplo, que sus 24.000 kilómetros cuadrados superan en 695
a la comunidad de Valencia. O que la finca que estoy atravesando, la segunda
del mundo, viene a ser como las provincias de Barcelona, Gerona y Tarragona
juntas. ¿Se comprende ahora el significado de “grandes”?
Entro en Queensland. El entorno se mantiene sin
cambios, durante 200 kms. Poco antes de llegar a Mount Isa, el terreno
empieza a ondularse, colinas, luego zona montañosa. He llegado
a un importante centro minero que se encuentra en plena actividad. No
tuvo la misma suerte Mary Kathleen, que se construyó en 1.954 y
que desapareció treinta años después, cuando se agotó
el filón de uranio que proporcionó vida y fortuna a la ciudad.
Me paseo por sus calles. Únicamente se conservan los bordillos
de las aceras. Todos los edificios fueron demolidos. Busco un lugar donde
pasar la noche. No en la zona minera, no en la ciudad que tiene el record
de temperatura más alta. Me detengo en Normanton. ¿Pueblo?
¿Ciudad?. Pueblo. 1.100 habitantes. Un restaurante, un pub, Un
monumento al cocodrilo de agua salada más grande del mundo, que
fue abatido en 1.957 por Krystina Pawlowsky. Dos toneladas en un cuerpo
de 8 metros 63 centímetros. Record Guiness. Se merecía un
monumento respetando las medidas. Sigo el Savannah Way, un itinerario
recomendado entre Cairns, Queensland, en la costa este, y Broome, Australia
Occidental, en la costa oeste. Tiene muchos desvíos y posibilidades.
El paisaje cambia. Los árboles son más altos y crecen más
juntos, empiezan a formar bosques entre los que pasa la calzada que, en
numerosos tramos, se encuentra en obras. Por supuesto, indicaciones, limitación
de velocidad. Cuando desaparece el asfalto, la pista de tierra en perfectas
condiciones, sin baches, ondulaciones o desniveles. Llego hasta el parque
nacional volcánico de Undara. Este parque ofrece algo distinto
a los que he accedido hasta ahora. Hace 200.000 años el volcán
Undara estalló, rompiendo la corteza terrestre por innumerables
lugares. No fue la típica erupción de un cono lanzando lava,
cenizas y humo. Muchas bocas, casi a ras de suelo, lanzado lava incandescente.
Ríos de lava siguiendo el curso torrencial del agua. Mientras la
parte superior se enfriaba y detenía, por debajo seguía
fluyendo la masa ardiente. En algunos lugares se formaron túneles
de basalto que es posible visitar hoy en día. La zona es propiedad
de una familia que se estableció aquí en 1.860. En 1.990
abrieron al público el “Undara Experience”. Únicamente
puede visitarse el parque utilizando el servicio de sus guías.
Se ofrecen cuatro opciones, dos horas por la mañana, medio día,
jornada completa o noche. Como ya ha pasado la época alta de turismo,
que finaliza el 30 de Septiembre, sólo puedo apuntarme a la visita
de dos horas. Suficiente, visto lo visto. Supongo que la jornada completa
ofrece más túneles en distintas partes del parque. Está
bien. Impresiona. Supongo que si fuera geólogo me resultaría
más interesante. No entiendo por qué no se iluminan esas
grandes cavernas. Serían espectaculares. Verlas sirviéndose
únicamente de la linterna del guía es limitar su efecto.
La zona dedicada a alojamiento se encuentra en mitad del bosque. Hay varias
opciones. La más “lujosa” es la que utiliza como dormitorios,
antiguos vagones de tren. Es una pena haberme perdido un evento especial
que se ha presentado el mes pasado, una mezcla de ópera, teatro
y musical de Broadway, entre árboles y rocas volcánicas.
Estoy
acercándome a Cairns. Ante mi se alzan montañas cubiertas
de bosques. La temperatura ha descendido unos grados. Prados sobre laderas
de colinas, vacas pastando. ¿Dónde estoy? ¿Australia
o Cantabria? Tenía dos opciones. He elegido al azar. Me encuentro
remontando una montaña por una serpenteante carretera. Cuando llego
al punto más alto, más de lo mismo, pero descendiendo. 50
kms. de curva y contra curva. Cairns no engaña. En una ciudad dedicada
a las vacaciones. Hoteles, agencias de turismo, centros comerciales, restaurantes,
bares, un casino… Algo más de 100.000 habitantes que en su
mayoría viven directamente de los recursos aportados por todos
aquellos que llegan hasta aquí. La principal atracción “La
gran barrera de coral”. Sé que la mayoría de vosotros
no comprenderéis que haya decidido “pasar” del tema.
Ya he visto muchos pececitos de colores en el Índico y el mar Rojo.
Es caro. Los grupos son numerosos. No me sentiría a gusto. Si se
presenta la oportunidad de acercarme a algún arrecife, más
al norte, con menos gente, tal vez me decida a darme un chapuzón.
He dado un largo paseo por el gran parque que se extiende paralelo a la
orilla. Áreas dedicadas a los más pequeños, con fuentes
y chorros de agua que surgen del suelo. Una gran piscina, de diseño
irregular, con surtidores. Poca profundidad. No está pensada para
nadar, sino para refrescarse. Llama la atención que se encuentra
a cuatro metros de la orilla del mar. Un estrecha franja de arena solitaria.
¿Por qué no se bañan en el mar? Muy sencillo, además
de tiburones y cocodrilos de agua salada, serpientes y pulpos venenosos,
en primavera (estación en la que nos encontramos) aumenta la temperatura
del agua y se presentan las medusas, con el agravante de que aquí,
precisamente, hay unas cuya picadura puede causar la muerte al ser humano.
O sea, piscina y tomar el sol sobre el cuidado césped del parque.
En el puerto deportivo numerosas embarcaciones preparadas para la pesca
de altura, otro de los atractivos de Cairns. El camping en el que me encuentro
tiene gran ocupación. Cairns es punto final para muchos que han
partido de Sidney. En la zona de cocina y comedor, junto a las neveras,
carteles de compra-venta de coches y furgonetas. Por 3.600 euros se puede
comprar una furgoneta preparada para camping, con cama para dos, utensilios,
bidones, pantalla de dvd, en un estado aceptable. Luego es fácil
venderla, casi por el mismo precio. Vendedores y compradores se ponen
pronto de acuerdo. Una pequeña rebaja y se cierra el trato. Unos
empiezan el viaje y otros vuelan hacia Europa o Nueva Zelanda. Compro
billetes para la segunda atracción de Cairns, Kuranda. Un pueblecito
en la montaña, a la que puedo llegar por un tren y regresar por
un teleférico, con un trayecto de siete kilómetros y medio,
sobre el bosque tropical que cubre las montañas. El tren un fiasco.
No vale la pena, pero gracias a las explicaciones me entero de que fue
este tren el que decidió el futuro de la ciudad. En 1.876 el poblado
de Cairns se convirtió en el puerto al que llegaba todo lo que
se necesitaba en un yacimiento de oro, en el altiplano cercano. Las grandes
lluvias de verano convertían la ruta en infranqueable. Dependían
de los suministros, así que se decidió construir una línea
férrea para asegurar, en cualquier época del año,
la llegada de alimentos. Se presentaron tres opciones. Se eligió
la de la garganta del río Barron. Eso decidió el futuro
de Cairns, en detrimento de las otras dos, presentadas por Port Douglas
y Geraldton. El trayecto no vale la pena, por lo que cuesta. Kuranda otra
frustración. ¿Qué esperabas? Un pueblecillo constituido,
única y exclusivamente, para mayor entretenimiento de los turistas.
Tiendas, restaurantes, bares, mercadillos, jardín de mariposas,
pájaros y koalas, salas de arte aborigen… En un tenderete,
diversos objetos confeccionados con piel de canguro. Se aprovecha todo.
El escroto se transforma en una bolsa para guardar monedas. En la puerta
de un supermercado dos niñas recogen unas monedas, tocando guitarra
y tambor. Llegarán lejos, si a esa edad ya buscan la manera de
ganar dinero. El regreso de Kuranda fascinante, sobrevolando el bosque,
deteniéndome en dos ocasiones para pasear por la jungla, sobre
pasarelas, llegando a unos miradores bien situados, desde los que se goza
de una extraordinaria vista sobre cascadas y cauce del rio Barron.
Seguiré algo más hacia el norte. No
es la mejor época. Han empezado las lluvias, pero de momento se
alternan con horas de sol. Me acercaré al cabo Tribulación.
A pesar del nombre, se ofrece como un pequeño paraíso perdido.
Ya sé que no existen, pero voy a comprobarlo.
Enviado
desde Cairns 26 de Noviembre, 2009
Kilómetros recorridos 86.274
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