Crónica 42: del 28 octubre al 26 de noviembre 2009 (2ª)

Australia



 

Largas distancias de conducción monótona. Me detengo de vez en cuando para ver alguna piedra o lápida conmemorativa del paso de Stuart. Es útil para despejarme. Se repiten los carteles aconsejando paradas. Algunas pistas salen de la carretera principal dirigiéndose hacia granjas. En una zona despejada, lo que debe ser una estación de camiones para transportar ganado. Espacios cercados con troncos. Pasillos y vallas para separar y alinear. Al final, una rampa para facilitar la subida de las reses a los remolques. Nadie. No se ve a nadie, fuera de los pubs, situados estratégicamente cada 100 o 200 kms.
Me detengo en Barrow Creek. No tengo por qué cubrir grandes distancias. Puedo quedarme aquí, parece un sitio agradable. Cuando aparco el coche en la zona de acampada, cambio de parecer. Un lugar decadente que conoció épocas mejores. Esta descuidado. Varios edificios cerrados, semiderruidos. Me acerco al bar. Una mujer vestida con un traje de principios del siglo pasado se pasea sonriente entre los aborígenes que, sentados en el exterior, a la sombra, beben cervezas calmosamente. Desayuno un bocadillo de filete de novillo con cebolla. Tierno, jugoso, sabroso. El interior del bar, a semejanza con el de Daly Waters, decorado con fotos, notas, sombreros, carnets, billetes de distintos países… A unos treinta metros de la gasolinera, los edificios de la estación telegráfica. Se han conservado introduciendo silicona en sus paredes. Techos nuevos protegen el interior. Delante, a unos cuarenta metros, un muro rodea dos tumbas. Ahí fueron enterrados los dos operarios de la estación. Fueron asesinados por los aborígenes en 1.874. La respuesta, como en anteriores ocasiones, en otros lugares en los que los nativos se habían rebelado contra aquellos que ocuparon sus tierras, fue cruelmente desproporcionada. Un grupo organizado de hombres con armas de fuego cazó y abatió a más de 50 aborígenes. Hace apenas 100 años un coche cruzó por primera vez Australia de sur a norte. La fotografía está fechada en 1.903. Sigo camino. A unos 120 kms de Alice Springs, veo un hombre muy grande, 13 o 14 metros de altura, sobre una colina. No es tierra de gigantes, sólo una peculiar escultura. Al acercarme, descubro a su mujer e hija. He llegado a Aileron donde reside una comunidad aborigen. El camping se encuentra en excelentes condiciones. Sorprendentemente puedo conectarme a internet, desde la lavandería. Wi-fi abierta. La primera que encuentro en Australia. El bar tiene una sala de juegos y otra de billar y música. En una de las paredes, un mítico Wurlitzer, el tocadiscos por excelencia. Subo hasta la colina para disfrutar de un buen punto de observación. Dos canguros esperan a saber qué dirección sigo para alejarse en la opuesta. Doy una gran vuelta para descender. Me encuentro muy a gusto caminando por el sendero que me devuelve al camping. Antes de llegar a Alice Springs, vuelvo a cruzar el trópico de Capricornio. Volveré a pasarlo dos veces más. Por esta misma carretera cuando regrese hacia el norte y en Queensland cuando descienda hacia Sidney.
Alice Springs creció rápidamente después de que se asfaltara, en 1.987, la carretera que la une a Port Augusta. Visitando la estación telegráfica es fácil imaginar cómo nació y se desarrolló la ciudad. Primero fue la estación. Punto de descanso para los numerosos buscadores de fortuna en minas del norte y del oeste. Luego se levanto la ciudad a unos 3 kms, al sur. Esa estación, cerca del centro del país, se encontraba en el corazón de la nada. En 1.866, Thomas Elder importó 120 camellos de la India. Hasta 1.929, que por fin llegó la vía de tren a Alice Springs, la mayor parte del transporte de todo aquello que necesitaba la ciudad, llego a lomos de camellos. Desde Oodnadatta, al sur, las caravanas empleaban dos semanas en cubrir el recorrido. Hileras de 50 camellos que transportaban sobre sus lomos 250 kilos cada uno. Hoy en día, el conjunto de camellos, en el territorio australiano, supera el millón. Los edificios de la estación telegráfica son dignos de visitar. En el interior de los mismos se conservan muebles, ropa, utensilios de la época. Viviendas, oficina de transmisión, almacenes, herrería... Si se rompía algo, había que fabricarlo, si era posible. Alice Springs es un centro turístico, bien situado para llegar a varios lugares interesantes cercanos. Por supuesto el más atractivo es el parque de Uluru, Ayers Rock. Hay muchos más, consultando el mapa, a derecha e izquierda, arriba y abajo, de la ciudad. Alice Springs es apacible, con gran oferta de alojamiento. Calle comercial, peatonal. Restaurantes, bares, agencias de turismo ofreciendo circuitos de uno a cinco días. Uno de los edificios más antiguos es la Residencia del primer gobernador de Australia Central. Fue construido en 1.926. Una de las noches me apunto a una especie de planetario “natural”. Una clase de astronomía práctica en una finca, en la que se ha habilitado un espacio con bar, sala de proyección y varios telescopios. Grupo reducido a diez personas. Dos horas muy agradables. Nos señalan las estrellas o planetas, sirviéndose de un rayo laser manual de gran potencia.
Por si no se presenta la oportunidad de encontrarme con el “Thorny devil”, un lagarto australiano de aspecto horrible, estos próximos días, en mis salidas a los lugares recomendados, me he acercado al “Centro de reptiles”. He coincidido con la hora dedicada a explicar las distintas características de los reptiles de la zona. Lagartos y serpientes. Nos hemos juntados siete personas. Cinco adultos y dos niños. Todos, salvo yo, han tenido lagartos en sus brazos, serpientes por brazos y tronco. Algunas se subían a la cabeza. Los niños encantados y los mayores… como si fueran niños. Me he dado una vuelta por el terrario, viendo serpientes muy venenosas que, según nos han explicado, no atacan si no se las molesta. Vale. Procuraré recordarlo, si llega el caso. Por fin he visto de cerca el “terrible Thorny devil“, o diablo espinoso. Pobrecito. No llega a los veinte centímetros, incluyendo la cola. Se alimenta de hormigas. Es totalmente inofensivo. Cuando le atacan, esconde la cabeza entre sus patas delanteras y muestra una cabeza falsa, rodeada de púas. Suele vivir unos veinte años.

Hay fotografías que identifican un país. Por ejemplo, La Torre de Londres, la Tour Eiffel, el Taj Mahal, Machu Pichu, la Alhambra… innumerables. En Australia, dos. La Opera de Sidney y Ayers Rock, considerado el mayor monolito de nuestro planeta. No es una montaña, es una roca. En realidad hay otro más grande aún, el Monte Augustus en Australia Occidental, el doble de volumen, pero poco conocido. Lo que no hay duda es que todo viajero que llegue a Australia se acerca a contemplar esa gran masa pétrea que se levanta en el desierto rojo del centro de la gran isla. Aunque las tierras donde se asienta la roca pertenecen a una tribu de aborígenes, el parque “Uluru-Kata Tjuta” está administrado por el departamento gubernamental de parques nacionales. Los propietarios reconocidos reciben una sustanciosa cantidad de dinero anualmente, además de un elevado tanto por ciento de la suma final que recauda el parque. Cuando llego a la entrada, a mediodía, me indican que el billete es válido durante tres días. Me aconsejan que me acerque al centro de visitantes, reserve plaza para dormir y regrese unas horas más tarde. El sol abrasa. Está en su punto más alto. Me acerco a Yulara, hoteles, bares, restaurantes, bungalows y camping. Es un centro creado para acoger a todos aquellos que desean visitar el parque. Fuera de este recinto, está prohibido acampar. Encuentro mi parcelita. Dejo mesa y silla para reconocerla cuando regrese por la noche. Los servicios del camping, correctos, inferiores a los que ofrecen los pertenecientes a compañías privadas. No espero a que el sol inicie su descenso. El termómetro señala 37 grados. Carretera asfaltada que permite acceder a todos aquellos lugares en los que está permitido detenerse o aparcar. Veo la gran roca sobre el llano, elevándose sobre secos arbustos. Me acerco a un punto de observación, permitido, situado sobre una duna. Aparco el coche, sigo el camino arenoso que me conduce hasta el punto más alto, desde el que puede observarse esa punta del “iceberg” rocoso que es Ayers Rock. Más o menos, tres kilómetros y medio de largo por dos kilómetros y medio de ancho. Su punta, redondeada, por el efecto de viento y lluvia, “sale” del mar de arena que le rodea con unos 350 metros de altura. Se calcula que la parte “sumergida” de este rojo “iceberg” mide cinco kilómetros. Impresiona. He visto muchas fotografías de la roca. Según la hora en se han tomado, varía el tono rojizo del conjunto, totalmente distinto al que muestra después de haber llovido. Soporto bien el calor. Lleno de agua el sombrero de tela, que utilizo en contadas ocasiones, y me lo encasqueto, dejando que el líquido resbale sobre mi cabeza y empape mi camiseta. En esta hora son pocas las personas que se atreven a seguir los senderos que rodean la roca. Dejo para mañana Kata Tjuta (las Olgas), otro grupo de rocas, a 45 kilómetros, que encierran gargantas y valles, con senderos que pueden recorrerse. El Centro cultural del parque ofrece información geológica, histórica y cultural. Sus edificios han sido construidos siguiendo las formas tradicionales de las viviendas de los aborígenes. Lamentablemente no se permite fotografiar. Cuando se acerca la puesta de sol, llego hasta el lugar donde se reúnen todos los visitantes para contemplar el cambio de color con que Uluru despide el día. Ahí nos juntamos todos, todos los que vamos en coche. Los que han llegado hasta aquí en autobús, se concentran en la duna en la que he estado antes, alejada. Trípodes, cámaras de vídeo y de fotografía. Frustración. Aparecen nubes, el rojo se convierte en marrón. Mañana será otro día.
Las Olgas, Kata Tjuta, ofrece la posibilidad de seguir dos caminos entre las rocas. Uno de ellos conduce al Valle de los Vientos. Hay tres puntos de observación, diferenciados, en el camino. El circuito completo son siete kilómetros y medio, con algunos pasos difíciles. Decido ir hasta el segundo punto, dos kilómetros menos. A las once de la mañana se cierra el paso, para que la gente no corra riesgos de insolación o deshidratación. Antes de llegar, la buena obra del día. En mitad de la carretera que me lleva al aparcamiento, un Thorny Devil. Detengo el coche en la cuneta. Lo fotografío y le digo que no puede quedarse ahí, lo atropellarán. Nada, no se mueve. Lo cojo con cuidado. Sé, gracias a mi visita al parque de reptiles, que son inofensivos a pesar de su aspecto. Lo deposito sobre la arena. Inmediatamente, a gran velocidad vuelve a la carretera. No se detiene, la cruza. Menos mal, ha regresado a un lugar seguro. Camuflaje perfecto, se confunde con la piedrecitas rojas del arcén.
El sendero del Valle de los Vientos transcurre en gran parte por zonas sin sombra. Eso endurece las subidas y bajadas por rocas de fuerte pendiente. Es agotador. Algunas paradas de recuperación bajo arbustos. El camino pasa entre gargantas con altas paredes de roca. Cuando llego a donde me había propuesto decido seguir el circuito hasta el final, en vez de regresar por donde he venido. Bajada y gran vuelta por zona desértica. La primera sombra que encuentro es junto a un depósito de agua. El segundo camino que decido seguir, a la garganta de Walpa, es peor. Corto, incómodo, sin sombra. Cuando llego a la entrada del cañón, donde crecen los árboles, se muestra un pequeño cauce de agua, cantan los pájaros. Es prometedor, pero… se acaba el camino. Una plataforma para ver lo que no te permiten hollar y vuelta para atrás.
Hay un camino de ascenso a Uluru, Ayers Rock. En la base, un cartel indica que a las ocho de la mañana se cierra el paso, debido a las altas temperaturas. En la entrada del parque, otra indicación advierte que no se permite la subida. No tenía intención de llegar hasta arriba. He leído en varios lugares que te ruegan que no uses esa vía, ya que es un lugar santo para los aborígenes. En octubre han abierto otro punto de observación para fotografiar Uluru a primera hora de la mañana. Perfecto. Espacioso. Aparcamiento gigantesco. Bancos rústicos de madera, bajo techos de ramas. Apartados unos de otros. Servicios. Agua potable, sin sabor a cloro, en fuentes estratégicamente situadas. Funcionan. La energía necesaria para mantener el lugar, se logra gracias a placas solares.
Por la tarde, esta vez sí, las últimas fotos de Uluru, sin nubes.

 

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