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Largas
distancias de conducción monótona. Me detengo de vez en
cuando para ver alguna piedra o lápida conmemorativa del paso de
Stuart. Es útil para despejarme. Se repiten los carteles aconsejando
paradas. Algunas pistas salen de la carretera principal dirigiéndose
hacia granjas. En una zona despejada, lo que debe ser una estación
de camiones para transportar ganado. Espacios cercados con troncos. Pasillos
y vallas para separar y alinear. Al final, una rampa para facilitar la
subida de las reses a los remolques. Nadie. No se ve a nadie, fuera de
los pubs, situados estratégicamente cada 100 o 200 kms.
Me detengo en Barrow Creek. No tengo por qué
cubrir grandes distancias. Puedo quedarme aquí, parece un sitio
agradable. Cuando aparco el coche en la zona de acampada, cambio de parecer.
Un lugar decadente que conoció épocas mejores. Esta descuidado.
Varios edificios cerrados, semiderruidos. Me acerco al bar. Una mujer
vestida con un traje de principios del siglo pasado se pasea sonriente
entre los aborígenes que, sentados en el exterior, a la sombra,
beben cervezas calmosamente. Desayuno un bocadillo de filete de novillo
con cebolla. Tierno, jugoso, sabroso. El interior del bar, a semejanza
con el de Daly Waters, decorado con fotos, notas, sombreros, carnets,
billetes de distintos países… A unos treinta metros de la
gasolinera, los edificios de la estación telegráfica. Se
han conservado introduciendo silicona en sus paredes. Techos nuevos protegen
el interior. Delante, a unos cuarenta metros, un muro rodea dos tumbas.
Ahí fueron enterrados los dos operarios de la estación.
Fueron asesinados por los aborígenes en 1.874. La respuesta, como
en anteriores ocasiones, en otros lugares en los que los nativos se habían
rebelado contra aquellos que ocuparon sus tierras, fue cruelmente desproporcionada.
Un grupo organizado de hombres con armas de fuego cazó y abatió
a más de 50 aborígenes. Hace apenas 100 años un coche
cruzó por primera vez Australia de sur a norte. La fotografía
está fechada en 1.903. Sigo camino. A unos 120 kms de Alice Springs,
veo un hombre muy grande, 13 o 14 metros de altura, sobre una colina.
No es tierra de gigantes, sólo una peculiar escultura. Al acercarme,
descubro a su mujer e hija. He llegado a Aileron donde reside una comunidad
aborigen. El camping se encuentra en excelentes condiciones. Sorprendentemente
puedo conectarme a internet, desde la lavandería. Wi-fi abierta.
La primera que encuentro en Australia. El bar tiene una sala de juegos
y otra de billar y música. En una de las paredes, un mítico
Wurlitzer, el tocadiscos por excelencia. Subo hasta la colina para disfrutar
de un buen punto de observación. Dos canguros esperan a saber qué
dirección sigo para alejarse en la opuesta. Doy una gran vuelta
para descender. Me encuentro muy a gusto caminando por el sendero que
me devuelve al camping. Antes de llegar a Alice Springs, vuelvo a cruzar
el trópico de Capricornio. Volveré a pasarlo dos veces más.
Por esta misma carretera cuando regrese hacia el norte y en Queensland
cuando descienda hacia Sidney.
Alice Springs creció rápidamente después
de que se asfaltara, en 1.987, la carretera que la une a Port Augusta.
Visitando la estación telegráfica es fácil imaginar
cómo nació y se desarrolló la ciudad. Primero fue
la estación. Punto de descanso para los numerosos buscadores de
fortuna en minas del norte y del oeste. Luego se levanto la ciudad a unos
3 kms, al sur. Esa estación, cerca del centro del país,
se encontraba en el corazón de la nada. En 1.866, Thomas Elder
importó 120 camellos de la India. Hasta 1.929, que por fin llegó
la vía de tren a Alice Springs, la mayor parte del transporte de
todo aquello que necesitaba la ciudad, llego a lomos de camellos. Desde
Oodnadatta, al sur, las caravanas empleaban dos semanas en cubrir el recorrido.
Hileras de 50 camellos que transportaban sobre sus lomos 250 kilos cada
uno. Hoy en día, el conjunto de camellos, en el territorio australiano,
supera el millón. Los edificios de la estación telegráfica
son dignos de visitar. En el interior de los mismos se conservan muebles,
ropa, utensilios de la época. Viviendas, oficina de transmisión,
almacenes, herrería... Si se rompía algo, había que
fabricarlo, si era posible. Alice Springs es un centro turístico,
bien situado para llegar a varios lugares interesantes cercanos. Por supuesto
el más atractivo es el parque de Uluru, Ayers Rock. Hay muchos
más, consultando el mapa, a derecha e izquierda, arriba y abajo,
de la ciudad. Alice Springs es apacible, con gran oferta de alojamiento.
Calle comercial, peatonal. Restaurantes, bares, agencias de turismo ofreciendo
circuitos de uno a cinco días. Uno de los edificios más
antiguos es la Residencia del primer gobernador de Australia Central.
Fue construido en 1.926. Una de las noches me apunto a una especie de
planetario “natural”. Una clase de astronomía práctica
en una finca, en la que se ha habilitado un espacio con bar, sala de proyección
y varios telescopios. Grupo reducido a diez personas. Dos horas muy agradables.
Nos señalan las estrellas o planetas, sirviéndose de un
rayo laser manual de gran potencia.
Por si no se presenta la oportunidad de encontrarme
con el “Thorny devil”, un lagarto australiano de aspecto horrible,
estos próximos días, en mis salidas a los lugares recomendados,
me he acercado al “Centro de reptiles”. He coincidido con
la hora dedicada a explicar las distintas características de los
reptiles de la zona. Lagartos y serpientes. Nos hemos juntados siete personas.
Cinco adultos y dos niños. Todos, salvo yo, han tenido lagartos
en sus brazos, serpientes por brazos y tronco. Algunas se subían
a la cabeza. Los niños encantados y los mayores… como si
fueran niños. Me he dado una vuelta por el terrario, viendo serpientes
muy venenosas que, según nos han explicado, no atacan si no se
las molesta. Vale. Procuraré recordarlo, si llega el caso. Por
fin he visto de cerca el “terrible Thorny devil“, o diablo
espinoso. Pobrecito. No llega a los veinte centímetros, incluyendo
la cola. Se alimenta de hormigas. Es totalmente inofensivo. Cuando le
atacan, esconde la cabeza entre sus patas delanteras y muestra una cabeza
falsa, rodeada de púas. Suele vivir unos veinte años.
Hay
fotografías que identifican un país. Por ejemplo, La Torre
de Londres, la Tour Eiffel, el Taj Mahal, Machu Pichu, la Alhambra…
innumerables. En Australia, dos. La Opera de Sidney y Ayers Rock, considerado
el mayor monolito de nuestro planeta. No es una montaña, es una
roca. En realidad hay otro más grande aún, el Monte Augustus
en Australia Occidental, el doble de volumen, pero poco conocido. Lo que
no hay duda es que todo viajero que llegue a Australia se acerca a contemplar
esa gran masa pétrea que se levanta en el desierto rojo del centro
de la gran isla. Aunque las tierras donde se asienta la roca pertenecen
a una tribu de aborígenes, el parque “Uluru-Kata Tjuta”
está administrado por el departamento gubernamental de parques
nacionales. Los propietarios reconocidos reciben una sustanciosa cantidad
de dinero anualmente, además de un elevado tanto por ciento de
la suma final que recauda el parque. Cuando llego a la entrada, a mediodía,
me indican que el billete es válido durante tres días. Me
aconsejan que me acerque al centro de visitantes, reserve plaza para dormir
y regrese unas horas más tarde. El sol abrasa. Está en su
punto más alto. Me acerco a Yulara, hoteles, bares, restaurantes,
bungalows y camping. Es un centro creado para acoger a todos aquellos
que desean visitar el parque. Fuera de este recinto, está prohibido
acampar. Encuentro mi parcelita. Dejo mesa y silla para reconocerla cuando
regrese por la noche. Los servicios del camping, correctos, inferiores
a los que ofrecen los pertenecientes a compañías privadas.
No espero a que el sol inicie su descenso. El termómetro señala
37 grados. Carretera asfaltada que permite acceder a todos aquellos lugares
en los que está permitido detenerse o aparcar. Veo la gran roca
sobre el llano, elevándose sobre secos arbustos. Me acerco a un
punto de observación, permitido, situado sobre una duna. Aparco
el coche, sigo el camino arenoso que me conduce hasta el punto más
alto, desde el que puede observarse esa punta del “iceberg”
rocoso que es Ayers Rock. Más o menos, tres kilómetros y
medio de largo por dos kilómetros y medio de ancho. Su punta, redondeada,
por el efecto de viento y lluvia, “sale” del mar de arena
que le rodea con unos 350 metros de altura. Se calcula que la parte “sumergida”
de este rojo “iceberg” mide cinco kilómetros. Impresiona.
He visto muchas fotografías de la roca. Según la hora en
se han tomado, varía el tono rojizo del conjunto, totalmente distinto
al que muestra después de haber llovido. Soporto bien el calor.
Lleno de agua el sombrero de tela, que utilizo en contadas ocasiones,
y me lo encasqueto, dejando que el líquido resbale sobre mi cabeza
y empape mi camiseta. En esta hora son pocas las personas que se atreven
a seguir los senderos que rodean la roca. Dejo para mañana Kata
Tjuta (las Olgas), otro grupo de rocas, a 45 kilómetros, que encierran
gargantas y valles, con senderos que pueden recorrerse. El Centro cultural
del parque ofrece información geológica, histórica
y cultural. Sus edificios han sido construidos siguiendo las formas tradicionales
de las viviendas de los aborígenes. Lamentablemente no se permite
fotografiar. Cuando se acerca la puesta de sol, llego hasta el lugar donde
se reúnen todos los visitantes para contemplar el cambio de color
con que Uluru despide el día. Ahí nos juntamos todos, todos
los que vamos en coche. Los que han llegado hasta aquí en autobús,
se concentran en la duna en la que he estado antes, alejada. Trípodes,
cámaras de vídeo y de fotografía. Frustración.
Aparecen nubes, el rojo se convierte en marrón. Mañana será
otro día.
Las Olgas, Kata Tjuta, ofrece la posibilidad de
seguir dos caminos entre las rocas. Uno de ellos conduce al Valle de los
Vientos. Hay tres puntos de observación, diferenciados, en el camino.
El circuito completo son siete kilómetros y medio, con algunos
pasos difíciles. Decido ir hasta el segundo punto, dos kilómetros
menos. A las once de la mañana se cierra el paso, para que la gente
no corra riesgos de insolación o deshidratación. Antes de
llegar, la buena obra del día. En mitad de la carretera que me
lleva al aparcamiento, un Thorny Devil. Detengo el coche en la cuneta.
Lo fotografío y le digo que no puede quedarse ahí, lo atropellarán.
Nada, no se mueve. Lo cojo con cuidado. Sé, gracias a mi visita
al parque de reptiles, que son inofensivos a pesar de su aspecto. Lo deposito
sobre la arena. Inmediatamente, a gran velocidad vuelve a la carretera.
No se detiene, la cruza. Menos mal, ha regresado a un lugar seguro. Camuflaje
perfecto, se confunde con la piedrecitas rojas del arcén.
El sendero del Valle de los Vientos transcurre en
gran parte por zonas sin sombra. Eso endurece las subidas y bajadas por
rocas de fuerte pendiente. Es agotador. Algunas paradas de recuperación
bajo arbustos. El camino pasa entre gargantas con altas paredes de roca.
Cuando llego a donde me había propuesto decido seguir el circuito
hasta el final, en vez de regresar por donde he venido. Bajada y gran
vuelta por zona desértica. La primera sombra que encuentro es junto
a un depósito de agua. El segundo camino que decido seguir, a la
garganta de Walpa, es peor. Corto, incómodo, sin sombra. Cuando
llego a la entrada del cañón, donde crecen los árboles,
se muestra un pequeño cauce de agua, cantan los pájaros.
Es prometedor, pero… se acaba el camino. Una plataforma para ver
lo que no te permiten hollar y vuelta para atrás.
Hay un camino de ascenso a Uluru, Ayers Rock. En
la base, un cartel indica que a las ocho de la mañana se cierra
el paso, debido a las altas temperaturas. En la entrada del parque, otra
indicación advierte que no se permite la subida. No tenía
intención de llegar hasta arriba. He leído en varios lugares
que te ruegan que no uses esa vía, ya que es un lugar santo para
los aborígenes. En octubre han abierto otro punto de observación
para fotografiar Uluru a primera hora de la mañana. Perfecto. Espacioso.
Aparcamiento gigantesco. Bancos rústicos de madera, bajo techos
de ramas. Apartados unos de otros. Servicios. Agua potable, sin sabor
a cloro, en fuentes estratégicamente situadas. Funcionan. La energía
necesaria para mantener el lugar, se logra gracias a placas solares.
Por la tarde, esta vez sí, las últimas
fotos de Uluru, sin nubes.
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