Crónica 41: del 27 septiembre al 27 de octubre 2009 (2ª)





 

Tengo que iniciar mi itinerario hacia el norte. Leo, me avisan, que la temporada de lluvias se acerca. Australia, al igual que la India, sufre los efectos de los monzones, aunque en fechas diferentes. De mayo a septiembre, el viento cruza sobre la isla-continente de sudeste a noroeste, sigue sobre el mar de Arabia y entra en la India por el golfo de Bengala provocando lluvias torrenciales. El ciclo varía de diciembre a marzo, vientos fríos y secos, provenientes del Himalaya, cruzan sobre la India, siguen sobre el océano Indico y descargan fuertes lluvias, sobre el norte de Australia. Parece que lo peor, para circular con coche, es en enero y febrero. En noviembre y diciembre llegan los ciclones, cae mucha agua, pero la tierra seca la absorbe, como una esponja, hasta que se satura, entonces el agua que sigue cayendo va extendiéndose. Incluso las carreteras asfaltadas pueden quedar cortadas. Esta mañana (25/09/09) he leído que ya han cortado las pistas de tierra de un parque cercano, Kakadú, que permitían el acceso a unas cataratas espectaculares. No se volverán a abrir hasta que regrese la época seca. En general, salvo sudoeste y sudeste, con clima mediterráneo, el país es seco y llano, con poca tierra fértil. En el norte, con clima tropical, se encuentran selvas lluviosas, manglares, desierto, y grandes llanuras con vegetación de sabana. Para colmo también afecta a su climatología el fenómeno de “El Niño”, que produce sequías periódicas.
Salgo de Fremantle, dirección norte superando Perth, sin entrar en la ciudad. Quiero llegar a Cervantes. Sí, hay una ciudad dedicada a nuestro escritor más universal. Muy cerca de ella, un parque natural, Nambung. Paso la noche en un área de camping en la que veo un cartel que no deja lugar a interpretaciones, “Zero Tolerance”. Si alguien molesta al vecino se le expulsa del camping. Prefiero el camping salvaje, pero me temo que, en este país, me convertiré en cliente habitual de estas zonas de espacio y servicios compartidos. La mayoría de turistas australianos que he encontrado, pasan la noche en los parques de caravanas, en donde se ofrece un gran abanico de posibilidades. Desde una parcela sin electricidad, a apartamentos con aire acondicionado, pasando por parcelas con conexión eléctrica o bungalows. Piscina, servicios, duchas, lavadoras, neveras, cocinas de gas o planchas de barbacoa. Hay una gran oferta. También, en todo el país, hay zonas de acampada con sombra, barbacoas y retretes, limpios, con papel, en los sitios más apartados, totalmente gratuitos. La pega es que no tienen agua y están alejados de los pueblos o ciudades. Los retretes se limpian con un ingenioso mecanismo que supongo recicla el agua pasándola por algunos filtros. O sea, dormir puede ser gratis (sin ducha). Tener agua caliente y servicios puede ir desde 6 euros a 18. Depende de algunas variantes.
Nueva sorpresa al entrar en el parque natural de Nambung. No hay nadie detrás de la taquilla. Un cartel indica el precio de entrada. El dinero se deposita en un cajero metálico protegido de la lluvia. Ese mismo día, por la tarde, adquiero en un centro de visitantes un abono para visitar, sin límite, durante un mes, todos los parques naturales, no privados, de Australia Occidental por 35 dólares (unos 20 euros). Un cartoncito, con las fechas de validez, que debe colgarse del retrovisor interior, únicamente cuando se entra en los parques, ya que las leyes australianas de circulación prohíben colgar nada del mencionado espejito, que pueda dificultar o distraer al conductor. ¿Y los rosarios musulmanes, las flores de la india y el sudeste asiático, los muñequitos de Elvis Presley o zapatitos de bebé, corazones, muñequitos y mil cosas inimaginables que he visto, en todo el mundo, sujetos al retrovisor interior? Chitón, estamos en Australia. El parque de Nambung, más conocido como “Pinnacles”, es un área de desierto, en el que surgen de la arena rojiza, miles de pilares o rocas cónicas que han sido esculpidas, con el paso del tiempo, por viento y lluvia. Hay dos grandes carreteras asfaltadas que unen Perth al norte del estado. Una interior y otra que transcurre en paralelo a la costa, Esta segunda me permite conocer todos los pueblos costeros que, en su mayoría, obtienen la principal parte de sus ingresos del turismo. Otra aclaración. En España, mencionar la palabra “turismo” es referirse habitualmente al gran número de extranjeros que optan por España para disfrutar sus vacaciones. En Australia, “turismo” se refiere prioritariamente al interior, ya que el país está alejado de los países desarrollados, llegar hasta aquí es caro. Aparte de naturaleza, puntual, en algunas zonas, dispone de pocos elementos para competir, con otros países, como destino turístico. Ellos si viajan. Hay cerca de un millón de australianos fuera del país. Según la escala del FMI que se obtiene dividiendo el PIB por el número de habitantes, Australia se encuentra en la posición 16 con un promedio de renta per cápita de 37.299 $ USA. España ocupa la posición 27 con 30.621 $ USA (Diciembre, 2008). Ya sabemos que estos repartos de riqueza son algo confusos y no siempre esclarecedores, pero si puedo asegurar, según lo que he visto hasta ahora, que en general la sociedad australiana blanca (92%) y asiática (7%) viven bastante bien, con necesidades básicas cubiertas, servicios públicos bien administrados, acceso a bienes de consumo que hacen más llevadera la vida y, de momento, esperanza de que en el próximo futuro no se alteren estas condiciones. Los que no viajan al extranjero, pasan sus vacaciones y cualquier fin de semana, que el tiempo lo permita, en alguno de los muchos pueblos que ofrezca algo interesante. Es el país de los “todo terreno”. Se desplazan por las estrechas, pero bien cuidadas carreteras, arrastrando amplias caravanas de techo elevable. Llegan a un camping, instalan la caravana y salen con el potente 4x4 en busca de playas o ríos en los que pescar. Todos con antenas para comunicarse por onda corta. Aunque ahora ya existe la posibilidad de conectarse, vía satélite, telefónicamente con cualquier parte del país. No es mi caso. Con el número australiano que adquirí sólo tengo cobertura en ciudades, pueblos y alrededores. De vez en cuando, dejo el asfalto y me acerco a una playa. Silencio roto por el viento, nadie a la vista. He leído que en el norte, sobre todo, además de tiburones, cocodrilos de agua salada, serpientes, peces y pulpos venenosos, hay unas medusas, “Chironex fleckeri”, cuya picadura puede ser letal para el ser humano. Me sonrío mientras escribo, pero por si acaso no pienso bañarme nunca en una playa solitaria. Por cierto, esa extraña paloma moteada que se acerca a mis pies ¿será venenosa? Los pueblos que cruzo ofrecen poco interés, salvo para los surfistas. Quiero dormir en Kalbarry, pueblo playero, destino de escolares en vacaciones, cercano a un parque natural del mismo nombre. Sigo la negra cinta de asfalto que parece haber sido proyectada con un tiralíneas por la extensa llanura, cubierta de matojos, por la que transito. Escasa circulación de vehículos. Ocasionalmente me cruzo con algún 4x4 con caravana o con un “Road Train”, camión con tres o cuatro remolques. Ya hablaré de ellos más adelante. Entro en el parque de Kalbarry. Es temprano, puedo acercarme a ver algunos de los lugares destacados y mañana ver los otros. En todos estos parques la oferta suele ser la siguiente: zona de aparcamiento, papeleras con grandes bolsas de plástico, servicios perfectamente mantenidos, limpios, con papel y líquido desinfectante para las manos, carteles informativos con datos históricos, geológicos, itinerarios sugeridos, especificando distancia, tiempo necesario para recorrerlos, grado de dificultad, esfuerzo físico, bajo, medio o alto que exige cada uno de ellos. Camino hasta un mirador, desde el que puede disfrutarse de un paisaje espectacular, compuesto habitualmente, por estrechos cañones rodeados de vegetación. Varios carteles advierten de peligros varios, “Rocas resbaladizas”, “El calor puede matar”. Para llegar al primer punto recomendado, circulo unos 27 kilómetros por una pista de tierra bien mantenida, pero ondulada. Si hoy han venido visitantes ya se han marchado. Dejo el coche en el aparcamiento y camino hasta el primer mirador, entre un camino flanqueado por flores silvestres. La gran llanura sufre un corte, una herida por la que transcurre el cauce de un río. Las próximas lluvias lo convertirán de nuevo en la poderosa herramienta que ha modelado estas gargantas. No me seduce el itinerario propuesto, siguiendo el lecho del río, pero sí bajo hasta sus aguas. Malditas moscas. Te acompañan por zonas. Unas relevan a las otras a medida que avanzas. No pican, pero molestan. No quiero imaginar lo que puede llegar a ser esto en la época de lluvias. Cuando llego a Kalbarry está a punto de ocultarse el sol.


El viento, procedente del mar, golpea con fuerza el coche y lo árboles que lo rodean. Salgo a dar una vuelta, el aire aumenta la sensación de frío. Al caer la noche, ha desparecido todo el mundo de las calles. Busco y encuentro un restaurante recomendado. Una terraza protegida del viento, frente al mar. Soy el único cliente. Me decido por lo exótico. Pinchos satay de cocodrilo y solomillo de canguro con acompañamiento de verduras frescas y puré de patata. Unos altavoces difunden, a un volumen adecuado, canciones de Dina Washington. Un lugar encantador. Me sirve una joven asiática que, según me dice, cuando llega la época de lluvias, con mucho viento, apenas llegan clientes. En su tiempo libre, extiende una colchoneta en esta misma terraza y se pasa las horas escuchando blues. Su cantante preferida, Billie Holiday. El filete, delicioso, muy tierno. El encargado me aclara que proviene de un canguro de granja, que el secreto está en el corte.
Por la mañana, a primera hora, no puedo faltar a uno de los grandes atractivos turísticos del pueblo, “alimentar al pelícano”. Lo que se llega a inventar para atraer gente. Ese acontecimiento figura en todos los folletos publicitarios. Una señora, con un cubo de pescado, ofrece la posibilidad a los niños de que ofrezcan peces a un pelícano, que sabiéndose protagonista del evento, se pasea parsimoniosamente por la zona destinada a este fin, apartando a las oportunistas gaviotas que intentan sacar provecho del espectáculo. Subo a una colina desde la que diviso una gran zona de litoral. Grandes olas rompiendo. El día anterior cayó algo de lluvia. Las semillas enterradas en la arena esperaban su oportunidad, hoy pequeñas flores blancas y amarillas adornan los senderos que piso. Regreso al Parque de Kalbarry. Quiero acercarme hasta la “Ventana de la naturaleza”, un arco de piedra que figura en todos los folletos de Australia Occidental. En el aparcamiento, unos 25 vehículos. La mayoría de las personas que han llegado hasta este punto han venido para seguir el itinerario de cuatro horas que transcurre junto al lecho del río. Cerca del gran arco, coincidimos un grupo de personas de distintos países. Todos posamos en el lugar adecuado. Nos fotografiamos los unos a los otros. Un matrimonio de jóvenes italianos, en luna de miel. Una pareja de franceses que aprovecha el último mes del año que han permanecido en el país para visitar algunos parques. Un matrimonio africano, de Kenya, con sus dos hijos y el padre de ella. Dejo el parque y sigo hacia el norte. Empieza a subir la temperatura, desaparecen las pocas nubes que aún salpicaban el cielo azul. Antes de llegar a Denham, encuentro uno de esos lugares extraños, sorprendentes, que ignoraba que existieran. Una playa, de 120 kms., blanca, que en vez de arena está formada por minúsculas conchas. Tiene una profundidad de 10 metros. Incluso cuando estás pisando “la arena”, si no te fijas, no te das cuenta. Esta playa ha tardado en formarse 4.000 años. Las conchas han sido aprovechadas con diversos fines. Desde material de construcción de algunos edificios a suplemento alimenticio en granjas de pollos. Abandono de vez en cuando, la carretera para seguir alguna pista que conduce hasta un mirador o una playa. En Eagle Bluff una pasarela sobre el acantilado permite disfrutar de un privilegiado punto de observación. Según los carteles, es fácil ver los tiburones en las claras aguas. Eso debe ser cuando no sopla el vendaval que me encuentro al llegar. Con grandes dificultades, agarrándome, paso por la pasarela, tomando algunas fotos, para recordar el lugar. Denham fue, en un principio, un pueblo dedicado al comercio de perlas. Sus calles fueron pavimentadas con conchas. Hoy es un centro para visitar el cercano parque natural de Francois Peron y Monkey Mia, una playa en la que se alimentan a diario unas familias de delfines salvajes. He pasado por ambos lugares sin dedicarles mucho tiempo. Me fastidia el viento. El parque Peron no me atrae lo suficiente. Hay unos pocos lugares en los que se puede acampar, pero no hay agua. Me acerco a Monkey Mia. Pago billete de entrada que me permite permanecer tres días. Investigo. Una playa de arena, aguas azules transparentes. Es posible bañarse, salvo en una zona dedicada a alimentar a los delfines. Bar, restaurante, bungalows y zona de camping. Bien. A los delfines se les ofrece comida hasta tres veces, entre las nueve y las doce de la mañana. Por la tarde no vienen nunca. No se les puede tocar, no hay que untarse con ninguna crema de protección solar porque les molesta. Advierten cómo reconocer el disgusto o enfado de los animalitos. Mejor salir rápidamente del agua si se perciben esos síntomas. El lugar ideal es aquel en el que el agua llega a las rodillas. Pueden no venir. O sea, una castaña. Te puedes pasar las horas esperando que aparezca un delfín al que alguien ofrecerá un pescadito. Eso si tienes suerte. Vale, visto. Doy una vuelta por la zona, tomo un refresco y sigo camino. Estos lugares a los que me he referido se encuentran en una península. En 1.995 se puso en marcha un ambicioso proyecto de regenerar el ecosistema ambiental que se había degradado hasta casi desaparecer por la invasión de especies foráneas como gatos, conejos y zorros. Se ha aislado la península con una valla electrificada. La única entrada es por la carretera. El asfalto desaparece, ocupando su lugar una reja por la que no pueden pasar los animales. Al cruzar andando, desde un altavoz cercano se oyen los ladridos amenazantes de un perro. Se activa automáticamente al acercarse un cuerpo a la reja. Carteles bien visibles advierten que se ha esparcido sobre el área carne seca envenenada que puede ser mortífera para el ser humano. Las personas formamos una especie bien curiosa. Llegamos a una tierra extraña en la que viven otros seres de la misma especie. Los apartamos. “Ahora esta tierra es mía”. Traemos los gatos, los zorros, los conejos… Alteramos el ecosistema. Al cabo de unos años, decidimos que ha de volver a estar como antes. Matamos a los gatos, los zorros, los conejos… ¿Realmente volverá estar como antes?. En Australia los aborígenes forman un grupo marginado sobre el que se han cometido numerosas tropelías. Sufren niveles muy altos de desempleo y encarcelamiento. Últimamente han logrado ganar algún juicio en el que se reclamaban derechos de propiedad. Para visitar alguna de sus zonas hay que solicitar un permiso especial a la comunidad.
Alcanzo el trópico de Capricornio, entro en la zona más calurosa del país que dentro de poco recibirá las lluvias torrenciales de la estación. Paso por muchas zonas de arbustos quemados. Fuertes vientos, calor, meses sin caer una gota de agua… pero también observo que muchos troncos ennegrecidos por el fuego muestran verdes penachos de nuevas hojas. En un camping me encuentro con una pareja austriaca. El habla español bastante bien. Se llaman Noemunda y Leo. Vienen del norte. Han pasado por la ruta del rio Gibb, un camino que quiero seguir. No han encontrado ningún paso difícil. Son viajeros experimentados. Han alquilado un Toyota Hilux carrozado para camping. Un mes de vacaciones para ir de Darwin a Perth. Quiero llegar cuanto antes a Derbi, donde empieza el tramo del rio Gibb, un itinerario recomendado para aquellos que quien acercarse al “outback”, la zona más desértica y alejada de todo núcleo urbano. 700 kms circulando por una antigua pista que se construyó para conducir el ganado de las granjas de la zona. Antes visito el parque de Karijini, más cañones, con dramáticos cortes en las rojas paredes rocosas.


 

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