Crónica 40: del 1 al 26 de septiembre 2009 (2ª)





 

Siempre me han atraído las nuevas ciudades. Aquellas que se diseñan para cumplir un fin determinado. Parten de un espacio deshabitado, a diferencia de las que evolucionan desde un asentamiento, que poco a poco va creciendo hasta llegar a ser una gran ciudad o capital. He visto los restos, mejor o peor conservados, de algunas de la antiguedad. Las modernas siguen su proceso. Brasilia, construida en los 60, situándola en el centro del gran país, intentado poner fin a la lucha hegemónica entre Rio de Janeiro y Sao Paulo. Por esa misma razón se construyó Canberra. Las dos ciudades que creían merecer la capitalidad eran en este caso Sídney y Melbourne. Otra nueva ciudad, en Africa, es Yamoussoukro, en Costa de Marfil. Se construyó en 1.983, su joya la “Basílica de Nuestra Señora de la Paz”, más alta que San Pedro de Roma, en mitad de la selva. En este viaje pude visitar Chandigarh. En este caso, el motivo de su creación fue la partición del estado del Punjab entre India y Pakistán. La capital era Lahore que quedó en territorio paquistaní. Se necesitaba una nueva capital. En el proyecto intervino Le Corbusier. Otra actual que no conozco, es Dubai. Una locura arquitectónica, de gran presupuesto, que poco a poco va convirtiéndose en realidad. Por la mañana he visto Shah Alam, por la tarde llego a Putrajaya, la nueva capital administrativa de Malasia, desde 1.999. En una extensión de 5.000 hectáreas, con un 38 % de parques, se levanta la nueva ciudad. Todavía no se ha alcanzado la población prevista de 320.000 personas. Se calcula que actualmente residen unas 100.000. A unos 25 kms de Kuala Lumpur. Bien comunicada por una autopista excelente. A diferencia de Brasilia, aquí los edificios de todos los ministerios son diferentes. En el centro, un lago artificial de 650 hectáreas. Hay varios edificios singulares en distintas zonas. No he estado mucho tiempo. He comprobado que también la ciudad se encuentra dividida en sectores. Siguiendo la carretera principal, he pasado por zonas de casas adosadas con jardín. He llegado a un puente espectacular que permite acceder al eje principal. ¿Derecha o izquierda? Hacia la mezquita, a la izquierda. Sin apenas tráfico, pasando por otro puente, el más ancho y largo, llego a la gran plaza, con banderas ondeantes, frente a la que se levanta en una colina el Palacio en el que se encuentran las oficinas del Presidente del país. También, en esa plaza, se alza la mezquita de Putra, de granito rosa. Bajo unas escaleras mecánicas para alcanzar un embarcadero, bajo uno de los arcos del gran puente por el que he llegado hasta aquí. Salidas programadas cada hora en punto, la duración del trayecto por el centro del lago es de 45 minutos. Acaba de salir uno. Subiré en el siguiente. Me paseo por los alrededores. Todo perfecto, limpio, bien conservado. La ciudad sigue en construcción. Se intenta que Kuala Lumpur sea la capital de los negocios y Putrajaya la política. Tardarán más o menos, pero por supuesto las embajadas de los países representados deberán desplazarse hasta aquí. Hay nueve puentes de diferentes estilos. El barco permite observar cinco de ellos, pasando por debajo de tres. Como la ciudad rodea el lago, el punto de vista es óptimo. Pueden verse en la lejanía, altos rascacielos en construcción, edificios de pisos, grandes mansiones en primera línea, chalets adosados. Cada construcción en su zona. La arteria principal con los nuevos ministerios. En lo alto de una colina, el espectacular Centro de Convenciones. El monumento Milenium semeja un cohete listo para ser lanzado. Hubiera querido quedarme más tiempo, un día más y observar con mayor atención los distintos sectores, pero cae la noche y mañana quiero llegar a Johor Bahur, la ciudad más meridional de Malasia, para llegar a Singapur el lunes a primera hora. Tengo que asegurar que el coche sea cargado en el barco la fecha prevista. Ignoro con qué problemas puedo encontrarme.



La autopista me lleva hasta Johor Bahru. Doy unas cuantas vueltas por el centro de la ciudad antigua hasta encontrar el hotel que busco. Puedo dejar el coche en la puerta. Desde la ventana de mi habitación veo el puente que cruzaré mañana para salvar el estrecho que separa Malasia de Singapur, el mismo por el que pasé a finales de mayo sin ningún problema. Estoy tranquilo. Aprovecharé la tarde para visitar los lugares interesantes que se han conservado. Lo primero, Bangunan Sultán Ibrahim, un edificio que terminó de construirse en 1.942. Fue utilizado como cuartel general de las tropas niponas para preparar el asalto final a la fortaleza de Singapur. En aquella época su torre debía ofrecer un punto de observación inmejorable. Recorro a pie las calles centrales, con abundantes puntos de venta de artesanía, casas de cambio, bares, restaurantes y centros comerciales. Me alejo del centro hasta llegar a zonas más abiertas con edificios coloniales. Empieza a llover. No he tenido la precaución de coger el paraguas. Estoy lejos de cualquier edificio en el que se pueda entrar. Me refugio debajo de un árbol. Cesa la lluvia y sigo paseando por una zona ajardinada. Ceno en el hotel. Me acuesto temprano para pasar a primera hora de la mañana la frontera. Ya conozco el camino, ya sé a quién he de dirigirme para que me acompañe hasta la oficina de aduanas, salvando corredores, puertas y pasillos restringidos. Amabilidad y sonrisas. Cuando entro en la frontera de Singapur, una joven de inmigración me entrega un papel con un número, después de sellar el pasaporte. “Dirijase al edificio A”. Aparco donde me indican. Cuando entrego el Carnet de Pasaje, me piden el permiso de circulación por Singapur, el seguro del coche y la tarjeta de autopista. Al comprobar que no tengo ninguno de esos documentos, me dicen que son imprescindibles para entrar en la isla. No comprenden por qué en mayo no me los pidieron. Amables, pero firmes. “Sin esos papeles no puede entrar. Tiene que obtenerlos en este despacho”. Me entregan un papel con la dirección del Automóvil Club. Tengo que regresar a Johor Bahru, porque no puedo dejar el coche en la aduana. Comprenden mi problema pero no pueden ayudarme. Es “mi” problema. Regreso al lugar de origen. Dejo el coche en el hotel. Paso la frontera a pié. Tomo un autobús. Paso de frontera de Singapur, nuevo autobús. Taxi a las oficinas del Automóvil Club. Aprovecho para acercarme a las oficinas de la compañía naviera que transportará el coche hasta Perth. Detallan los pasos a seguir. He de volver dos días más tarde. Taxi a la estación de autobuses. Pasos de aduanas, con los correspondientes cambios de autocar. Recojo el coche vuelvo a la oficina de aduanas de Malasia. “¿Otra vez por aquí?”. Es la tercera vez en pocas horas. En la siguiente aduana comprueban que he conseguido todos los papelotes que me pedían. Nadie más me ha pedido que se los mostrara. En fin, me consuelo pensando que la vez anterior tuve suerte. He reservado hotel en un barrio algo alejado del centro. No es caro y tiene garaje. Imprescindible. Los coches aparcados en la calle pagan por horas. Ha sido un día largo. Tengo todo en regla. Incluso la dichosa tarjeta obligatoria para pasar por determinadas calles. De vez en cuando, en las arterias principales, hay una especie de puente metálico, con carteles luminosos, que indican el precio por vehículo por transitar. La cantidad se extrae de la tarjeta que ha de situarse junto al cristal parabrisas. De vez en cuando hay que comprobar que tiene fondos suficientes, si no se recibe una multa. Es perfecto. Peaje por pasar por las calles principales a determinadas horas. En Singapur son unos adelantados. Dentro de un tiempo podremos verlo y sufrirlo en nuestras ciudades en la que ya es imposible aparcar en la calle.


Acudo, a la hora exacta en que estoy citado, a la oficina de la compañía naviera. Ellos únicamente transportan el contenedor. Me dan la dirección de un agente, en el puerto, que se encargará del resto de los trámites. Surge un “pequeño” problema cuando les pido un recibo por la cantidad del dinero que les entrego. “No tenemos recibos”. Cara de sorpresa. Son como robots. Si algo se sale de lo habitual, no saben resolver la situación. Son amables, meticulosos, ordenados, cumplen a rajatabla las normas, te entregan fotocopias por duplicado de todos los documentos pero… ante un imprevisto, se quedan en blanco. No están programados. La joven con la que trato sigue las órdenes recibidas de su jefe, después de la primera reunión. No tienen recibos porque sus clientes habituales son compañías que efectúan los pagos a través de bancos.
“¿Qué ocurriría -deseo y espero que no- si Vd. sufre un ataque al corazón y fallece? Nadie sabría que le he pagado”. Esboza media sonrisa, gira los ojos meditando y asiente. Me ruega que espere unos minutos. Sale de la sala en la que nos encontramos. Cuando regresa me pide con un hilo de voz si estoy de acuerdo en aceptar un recibí, escrito a mano y firmado, sobre una de las hojas fotocopiadas que me ha entregado unos minutos antes. Se tranquiliza y vuelve a sonreír abiertamente cuando asiento. Más fotocopias de todos los billetes que le he entregado.
Para entrar en la zona portuaria, se necesita un carnet, con fotografía, que entregan después de rellenar un formulario y pagar con una tarjeta, especial, un euro. No se puede pagar en efectivo. Por supuesto todo eso lo soluciona el agente a quien he llamado por teléfono previamente. Mientras esperamos, conversamos un rato. Así me entero de que cada mes le retienen una cantidad de dinero de su salario que pasa a una cuenta personal que cubre gastos médicos, pagos de hipoteca por la vivienda y pensión de retiro. Todo ello está limitado por los fondos que esa cuenta almacene. A partir de determinados días en un hospital hay que afrontar el costo. Si se llega a la edad de jubilación, la pensión será mínima si no se ha terminado de pagar la hipoteca del piso que habitualmente es a largo plazo. La vivienda es muy cara. He leído en un periódico una entrevista a un matrimonio que no puede comprar piso. Entre los dos, ganan 2.500 euros al mes. Esperando que llegue la oportunidad de adquirir un apartamento, cada uno de ellos vive con sus padres. No juntos. Casados, pero sin compartir cama. Se ven a la salida del trabajo y los fines de semana. No pueden comprar un piso porque no llevan muchos años trabajando y su fondo personal no garantiza el préstamo. Si el futuro es negro, para qué comentar el presente. Introduzco el coche en el contenedor. Compruebo que lo fijen para que no se desplace en la travesía. Una vez sellado, fotografío números de la caja y el precinto. Espero recibirlo en buenas condiciones dentro de diez días ya en Australia. Sin nada que hacer, me doy una vuelta por el barrio financiero, atestado de gente que viste bien, con el móvil en la mano, come en restaurantes especializados, según su tipo de sangre, caminando con diligencia entre altos edificios acristalados y esculturas. No muy lejos encuentro el Templo del Diente de Buda. Se está celebrando una ceremonia. En el último piso un jardín tropical rodea una sala que resguarda un gigantesco rodillo de oración. Un verdadero oasis de paz y tranquilidad alejado de calles atestadas de gente. ¿Es posible que logren sobrevivir las innumerables tiendas y centros comerciales de Singapur? Para que el reencuentro con la ajetreada vida de la ciudad no me golpee bruscamente, retraso el descenso. Piso a piso. En cada planta algo de lo que disfrutar. Un museo dedicado a Buda. Vida, retiro, iluminación, pensamientos, actitudes, Nirvana. Incluso un espacio dedicado al nuevo Buda viviente que se está esperando. En otra planta un bar muy especial, entre libros y discos. Al salir me acerco al parque donde se encontraba la fortaleza. Allí tenía su residencia Raffles, frente al mástil en el que ondeaban banderas indicando la llegada de un buque a puerto, su carga y si su tripulación sufría una enfermedad contagiosa. Hoy en día desde esa colina no se puede ver el mar. Arboles y edificios lo ocultan. El parque es un espacio agradable. Muy extenso, perfectamente conservado, con zonas de pic nic, bien señalizado. Jardines con frutas tropicales o de especias. Cada árbol y planta con su cartelito explicativo. Dentro de lo que fue la antigua fortaleza unos operarios preparan el escenario en el que actuará dentro de unos días la cantante norteamericana Beyoncé. Más abajo, un museo de guerra. El bunker en el que se planificaba la estrategia a seguir ante el inminente ataque del ejército japonés que se acercaba a gran velocidad a Singapur. Entre los muros de hormigón, se han dispuesto unas salas en las se recrea la situación. Unos auriculares permiten escuchar conversaciones, órdenes y explosiones de las bombas que lanzaba la aviación nipona. Se ha procurado recrear el ambiente, con mapas, teléfonos, cascos, mesas, centralitas. Lo más logrado son los maniquíes, uniformados, dotados de movimiento. La súbita bajada de la tensión eléctrica, que mantiene una penumbra inquietante durante breves espacios de tiempo, ayuda a lograr el ambiente adecuado. Todo eso contrasta al salir y llegarme a la calle comercial por excelencia, Orchad. La fórmula 1 llega este fin de semana a la ciudad. En una carpa, un animador invita a participar en el concurso de carga de combustible de un bólido. Por supuesto es una recreación. Se dá una orden de inicio. Mientras uno aguanta el gran tubo, otro intenta encajar la boca de salida con la entrada del depósito. Cuando se logra el contacto perfecto se inicia la carga de combustible. La gente anima a los participantes.


En principio había pensado volar a Perth el día 23, pero he recibido un email de Salva, el español que conocí en Teherán, en mayo del año pasado. Está dando la vuelta al mundo en bicicleta. Me comunica que llega a Singapur el 21. Los caminos de los viajeros se cruzan. Esperaré. Tenemos mucho que contarnos. El barrio en el que se encuentra el hotel en el me alojo, es un barrio chino auténtico, no cómo el turístico de “China Town”. Confirmo mi apreciación leyendo en un periódico un artículo dedicado a esta zona, Geylang. El periodista comenta la visita de unos parientes que después de visitar China Town , llegan hasta aquí. -“Por fin encontramos un auténtico ambiente chino”, le comentan. Restaurantes, bares, puestos de fruta, vendedores de tabaco de contrabando, jóvenes y discretas prostitutas que, incomprensiblemente para mí, son más visibles, en algunas esquinas, a las diez de la mañana que el resto del día o por la noche. El hotel está bien, limpio, muchas habitaciones, pequeñas, pero bien atendidas, con conexión wifi, a un euro la hora. El precio dentro de lo habitual en Singapur en un hotel de esta categoría. 26 euros, sin desayuno, 36 los dos últimos días por que coinciden con las fechas del gran premio de fórmula uno. Me cambio de habitación cuando llega Salva. Dos camas. Logramos colocar la bicicleta sin que estorbe. No tiene ningún lugar cerrado para guardarla. Han pasado dieciséis meses desde que nos deseamos buen viaje en Irán. Parece muy lejano en el tiempo pero en realidad la sensación que me produce el encuentro es que fue ayer. No hemos cambiado. Seguimos compartiendo ilusiones. Hablamos de muchos y variados temas. A pesar de que opinamos de forma distinta en muchos de ellos no hay puntos de fricción. Me cuenta algunos de los momentos difíciles que ha tenido que pasar y otros, inolvidables, que han alegrado su vida. Nos damos direcciones de posibles contactos. Hace unos días coincidió con Alvaro, “BIciclown”, otra vuelta al mundo en bicicleta. Alvaro fue quien me recomendó la “Garden Guest House” que he mencionado al principio de este relato. Nos paseamos por los sitios habituales. En el barrio indio descubrimos un grupo numeroso de hombres mirando la televisión. Para mi sorpresa no están pendientes de un partido de futbol o cricket. Están siguiendo realmente interesados una telenovela de Bollywood. Hombres, únicamente hombres. En nuestro deambular, incluso llegamos hasta la zona donde se va a celebrar la carrera del Gran Premio de Fórmula uno.
El día 24 parte con dirección a Malaca. Se encontrará con su madre en Kwala Lumpur, donde permanecerá tres semanas. Luego, ¿quién sabe? Tailandia, Laos, China … quiere llegar a Lijiang. Todo depende de los visados, del tiempo que le permitan estar en China. Nos despedimos hasta… ¿América, tal vez? Termino de escribir estas líneas cuatro horas antes de que coja el avión con destino Perth. Este es un buen salto.




Enviado desde Singapur el 26 de Septiembre, 2009
Kilómetros recorridos 74.357

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