| Siempre
me han atraído las nuevas ciudades. Aquellas que se diseñan
para cumplir un fin determinado. Parten de un espacio deshabitado, a diferencia
de las que evolucionan desde un asentamiento, que poco a poco va creciendo
hasta llegar a ser una gran ciudad o capital. He visto los restos, mejor
o peor conservados, de algunas de la antiguedad. Las modernas siguen su
proceso. Brasilia, construida en los 60, situándola en el centro
del gran país, intentado poner fin a la lucha hegemónica
entre Rio de Janeiro y Sao Paulo. Por esa misma razón se construyó
Canberra. Las dos ciudades que creían merecer la capitalidad eran
en este caso Sídney y Melbourne. Otra nueva ciudad, en Africa,
es Yamoussoukro, en Costa de Marfil. Se construyó en 1.983, su
joya la “Basílica de Nuestra Señora de la Paz”,
más alta que San Pedro de Roma, en mitad de la selva. En este viaje
pude visitar Chandigarh. En este caso, el motivo de su creación
fue la partición del estado del Punjab entre India y Pakistán.
La capital era Lahore que quedó en territorio paquistaní.
Se necesitaba una nueva capital. En el proyecto intervino Le Corbusier.
Otra actual que no conozco, es Dubai. Una locura arquitectónica,
de gran presupuesto, que poco a poco va convirtiéndose en realidad.
Por la mañana he visto Shah Alam, por la tarde llego a Putrajaya,
la nueva capital administrativa de Malasia, desde 1.999. En una extensión
de 5.000 hectáreas, con un 38 % de parques, se levanta la nueva
ciudad. Todavía no se ha alcanzado la población prevista
de 320.000 personas. Se calcula que actualmente residen unas 100.000.
A unos 25 kms de Kuala Lumpur. Bien comunicada por una autopista excelente.
A diferencia de Brasilia, aquí los edificios de todos los ministerios
son diferentes. En el centro, un lago artificial de 650 hectáreas.
Hay varios edificios singulares en distintas zonas. No he estado mucho
tiempo. He comprobado que también la ciudad se encuentra dividida
en sectores. Siguiendo la carretera principal, he pasado por zonas de
casas adosadas con jardín. He llegado a un puente espectacular
que permite acceder al eje principal. ¿Derecha o izquierda? Hacia
la mezquita, a la izquierda. Sin apenas tráfico, pasando por otro
puente, el más ancho y largo, llego a la gran plaza, con banderas
ondeantes, frente a la que se levanta en una colina el Palacio en el que
se encuentran las oficinas del Presidente del país. También,
en esa plaza, se alza la mezquita de Putra, de granito rosa. Bajo unas
escaleras mecánicas para alcanzar un embarcadero, bajo uno de los
arcos del gran puente por el que he llegado hasta aquí. Salidas
programadas cada hora en punto, la duración del trayecto por el
centro del lago es de 45 minutos. Acaba de salir uno. Subiré en
el siguiente. Me paseo por los alrededores. Todo perfecto, limpio, bien
conservado. La ciudad sigue en construcción. Se intenta que Kuala
Lumpur sea la capital de los negocios y Putrajaya la política.
Tardarán más o menos, pero por supuesto las embajadas de
los países representados deberán desplazarse hasta aquí.
Hay nueve puentes de diferentes estilos. El barco permite observar cinco
de ellos, pasando por debajo de tres. Como la ciudad rodea el lago, el
punto de vista es óptimo. Pueden verse en la lejanía, altos
rascacielos en construcción, edificios de pisos, grandes mansiones
en primera línea, chalets adosados. Cada construcción en
su zona. La arteria principal con los nuevos ministerios. En lo alto de
una colina, el espectacular Centro de Convenciones. El monumento Milenium
semeja un cohete listo para ser lanzado. Hubiera querido quedarme más
tiempo, un día más y observar con mayor atención
los distintos sectores, pero cae la noche y mañana quiero llegar
a Johor Bahur, la ciudad más meridional de Malasia, para llegar
a Singapur el lunes a primera hora. Tengo que asegurar que el coche sea
cargado en el barco la fecha prevista. Ignoro con qué problemas
puedo encontrarme.
La autopista me lleva hasta Johor Bahru. Doy unas
cuantas vueltas por el centro de la ciudad antigua hasta encontrar el
hotel que busco. Puedo dejar el coche en la puerta. Desde la ventana de
mi habitación veo el puente que cruzaré mañana para
salvar el estrecho que separa Malasia de Singapur, el mismo por el que
pasé a finales de mayo sin ningún problema. Estoy tranquilo.
Aprovecharé la tarde para visitar los lugares interesantes que
se han conservado. Lo primero, Bangunan Sultán Ibrahim, un edificio
que terminó de construirse en 1.942. Fue utilizado como cuartel
general de las tropas niponas para preparar el asalto final a la fortaleza
de Singapur. En aquella época su torre debía ofrecer un
punto de observación inmejorable. Recorro a pie las calles centrales,
con abundantes puntos de venta de artesanía, casas de cambio, bares,
restaurantes y centros comerciales. Me alejo del centro hasta llegar a
zonas más abiertas con edificios coloniales. Empieza a llover.
No he tenido la precaución de coger el paraguas. Estoy lejos de
cualquier edificio en el que se pueda entrar. Me refugio debajo de un
árbol. Cesa la lluvia y sigo paseando por una zona ajardinada.
Ceno en el hotel. Me acuesto temprano para pasar a primera hora de la
mañana la frontera. Ya conozco el camino, ya sé a quién
he de dirigirme para que me acompañe hasta la oficina de aduanas,
salvando corredores, puertas y pasillos restringidos. Amabilidad y sonrisas.
Cuando entro en la frontera de Singapur, una joven de inmigración
me entrega un papel con un número, después de sellar el
pasaporte. “Dirijase al edificio A”. Aparco donde me indican.
Cuando entrego el Carnet de Pasaje, me piden el permiso de circulación
por Singapur, el seguro del coche y la tarjeta de autopista. Al comprobar
que no tengo ninguno de esos documentos, me dicen que son imprescindibles
para entrar en la isla. No comprenden por qué en mayo no me los
pidieron. Amables, pero firmes. “Sin esos papeles no puede entrar.
Tiene que obtenerlos en este despacho”. Me entregan un papel con
la dirección del Automóvil Club. Tengo que regresar a Johor
Bahru, porque no puedo dejar el coche en la aduana. Comprenden mi problema
pero no pueden ayudarme. Es “mi” problema. Regreso al lugar
de origen. Dejo el coche en el hotel. Paso la frontera a pié. Tomo
un autobús. Paso de frontera de Singapur, nuevo autobús.
Taxi a las oficinas del Automóvil Club. Aprovecho para acercarme
a las oficinas de la compañía naviera que transportará
el coche hasta Perth. Detallan los pasos a seguir. He de volver dos días
más tarde. Taxi a la estación de autobuses. Pasos de aduanas,
con los correspondientes cambios de autocar. Recojo el coche vuelvo a
la oficina de aduanas de Malasia. “¿Otra vez por aquí?”.
Es la tercera vez en pocas horas. En la siguiente aduana comprueban que
he conseguido todos los papelotes que me pedían. Nadie más
me ha pedido que se los mostrara. En fin, me consuelo pensando que la
vez anterior tuve suerte. He reservado hotel en un barrio algo alejado
del centro. No es caro y tiene garaje. Imprescindible. Los coches aparcados
en la calle pagan por horas. Ha sido un día largo. Tengo todo en
regla. Incluso la dichosa tarjeta obligatoria para pasar por determinadas
calles. De vez en cuando, en las arterias principales, hay una especie
de puente metálico, con carteles luminosos, que indican el precio
por vehículo por transitar. La cantidad se extrae de la tarjeta
que ha de situarse junto al cristal parabrisas. De vez en cuando hay que
comprobar que tiene fondos suficientes, si no se recibe una multa. Es
perfecto. Peaje por pasar por las calles principales a determinadas horas.
En Singapur son unos adelantados. Dentro de un tiempo podremos verlo y
sufrirlo en nuestras ciudades en la que ya es imposible aparcar en la
calle.
Acudo,
a la hora exacta en que estoy citado, a la oficina de la compañía
naviera. Ellos únicamente transportan el contenedor. Me dan la
dirección de un agente, en el puerto, que se encargará del
resto de los trámites. Surge un “pequeño” problema
cuando les pido un recibo por la cantidad del dinero que les entrego.
“No tenemos recibos”. Cara de sorpresa. Son como robots. Si
algo se sale de lo habitual, no saben resolver la situación. Son
amables, meticulosos, ordenados, cumplen a rajatabla las normas, te entregan
fotocopias por duplicado de todos los documentos pero… ante un imprevisto,
se quedan en blanco. No están programados. La joven con la que
trato sigue las órdenes recibidas de su jefe, después de
la primera reunión. No tienen recibos porque sus clientes habituales
son compañías que efectúan los pagos a través
de bancos.
“¿Qué ocurriría -deseo y espero que no- si
Vd. sufre un ataque al corazón y fallece? Nadie sabría que
le he pagado”. Esboza media sonrisa, gira los ojos meditando y asiente.
Me ruega que espere unos minutos. Sale de la sala en la que nos encontramos.
Cuando regresa me pide con un hilo de voz si estoy de acuerdo en aceptar
un recibí, escrito a mano y firmado, sobre una de las hojas fotocopiadas
que me ha entregado unos minutos antes. Se tranquiliza y vuelve a sonreír
abiertamente cuando asiento. Más fotocopias de todos los billetes
que le he entregado.
Para entrar en la zona portuaria, se necesita un
carnet, con fotografía, que entregan después de rellenar
un formulario y pagar con una tarjeta, especial, un euro. No se puede
pagar en efectivo. Por supuesto todo eso lo soluciona el agente a quien
he llamado por teléfono previamente. Mientras esperamos, conversamos
un rato. Así me entero de que cada mes le retienen una cantidad
de dinero de su salario que pasa a una cuenta personal que cubre gastos
médicos, pagos de hipoteca por la vivienda y pensión de
retiro. Todo ello está limitado por los fondos que esa cuenta almacene.
A partir de determinados días en un hospital hay que afrontar el
costo. Si se llega a la edad de jubilación, la pensión será
mínima si no se ha terminado de pagar la hipoteca del piso que
habitualmente es a largo plazo. La vivienda es muy cara. He leído
en un periódico una entrevista a un matrimonio que no puede comprar
piso. Entre los dos, ganan 2.500 euros al mes. Esperando que llegue la
oportunidad de adquirir un apartamento, cada uno de ellos vive con sus
padres. No juntos. Casados, pero sin compartir cama. Se ven a la salida
del trabajo y los fines de semana. No pueden comprar un piso porque no
llevan muchos años trabajando y su fondo personal no garantiza
el préstamo. Si el futuro es negro, para qué comentar el
presente. Introduzco el coche en el contenedor. Compruebo que lo fijen
para que no se desplace en la travesía. Una vez sellado, fotografío
números de la caja y el precinto. Espero recibirlo en buenas condiciones
dentro de diez días ya en Australia. Sin nada que hacer, me doy
una vuelta por el barrio financiero, atestado de gente que viste bien,
con el móvil en la mano, come en restaurantes especializados, según
su tipo de sangre, caminando con diligencia entre altos edificios acristalados
y esculturas. No muy lejos encuentro el Templo del Diente de Buda. Se
está celebrando una ceremonia. En el último piso un jardín
tropical rodea una sala que resguarda un gigantesco rodillo de oración.
Un verdadero oasis de paz y tranquilidad alejado de calles atestadas de
gente. ¿Es posible que logren sobrevivir las innumerables tiendas
y centros comerciales de Singapur? Para que el reencuentro con la ajetreada
vida de la ciudad no me golpee bruscamente, retraso el descenso. Piso
a piso. En cada planta algo de lo que disfrutar. Un museo dedicado a Buda.
Vida, retiro, iluminación, pensamientos, actitudes, Nirvana. Incluso
un espacio dedicado al nuevo Buda viviente que se está esperando.
En otra planta un bar muy especial, entre libros y discos. Al salir me
acerco al parque donde se encontraba la fortaleza. Allí tenía
su residencia Raffles, frente al mástil en el que ondeaban banderas
indicando la llegada de un buque a puerto, su carga y si su tripulación
sufría una enfermedad contagiosa. Hoy en día desde esa colina
no se puede ver el mar. Arboles y edificios lo ocultan. El parque es un
espacio agradable. Muy extenso, perfectamente conservado, con zonas de
pic nic, bien señalizado. Jardines con frutas tropicales o de especias.
Cada árbol y planta con su cartelito explicativo. Dentro de lo
que fue la antigua fortaleza unos operarios preparan el escenario en el
que actuará dentro de unos días la cantante norteamericana
Beyoncé. Más abajo, un museo de guerra. El bunker en el
que se planificaba la estrategia a seguir ante el inminente ataque del
ejército japonés que se acercaba a gran velocidad a Singapur.
Entre los muros de hormigón, se han dispuesto unas salas en las
se recrea la situación. Unos auriculares permiten escuchar conversaciones,
órdenes y explosiones de las bombas que lanzaba la aviación
nipona. Se ha procurado recrear el ambiente, con mapas, teléfonos,
cascos, mesas, centralitas. Lo más logrado son los maniquíes,
uniformados, dotados de movimiento. La súbita bajada de la tensión
eléctrica, que mantiene una penumbra inquietante durante breves
espacios de tiempo, ayuda a lograr el ambiente adecuado. Todo eso contrasta
al salir y llegarme a la calle comercial por excelencia, Orchad. La fórmula
1 llega este fin de semana a la ciudad. En una carpa, un animador invita
a participar en el concurso de carga de combustible de un bólido.
Por supuesto es una recreación. Se dá una orden de inicio.
Mientras uno aguanta el gran tubo, otro intenta encajar la boca de salida
con la entrada del depósito. Cuando se logra el contacto perfecto
se inicia la carga de combustible. La gente anima a los participantes.
En
principio había pensado volar a Perth el día 23, pero he
recibido un email de Salva, el español que conocí en Teherán,
en mayo del año pasado. Está dando la vuelta al mundo en
bicicleta. Me comunica que llega a Singapur el 21. Los caminos de los
viajeros se cruzan. Esperaré. Tenemos mucho que contarnos. El barrio
en el que se encuentra el hotel en el me alojo, es un barrio chino auténtico,
no cómo el turístico de “China Town”. Confirmo
mi apreciación leyendo en un periódico un artículo
dedicado a esta zona, Geylang. El periodista comenta la visita de unos
parientes que después de visitar China Town , llegan hasta aquí.
-“Por fin encontramos un auténtico ambiente chino”,
le comentan. Restaurantes, bares, puestos de fruta, vendedores de tabaco
de contrabando, jóvenes y discretas prostitutas que, incomprensiblemente
para mí, son más visibles, en algunas esquinas, a las diez
de la mañana que el resto del día o por la noche. El hotel
está bien, limpio, muchas habitaciones, pequeñas, pero bien
atendidas, con conexión wifi, a un euro la hora. El precio dentro
de lo habitual en Singapur en un hotel de esta categoría. 26 euros,
sin desayuno, 36 los dos últimos días por que coinciden
con las fechas del gran premio de fórmula uno. Me cambio de habitación
cuando llega Salva. Dos camas. Logramos colocar la bicicleta sin que estorbe.
No tiene ningún lugar cerrado para guardarla. Han pasado dieciséis
meses desde que nos deseamos buen viaje en Irán. Parece muy lejano
en el tiempo pero en realidad la sensación que me produce el encuentro
es que fue ayer. No hemos cambiado. Seguimos compartiendo ilusiones. Hablamos
de muchos y variados temas. A pesar de que opinamos de forma distinta
en muchos de ellos no hay puntos de fricción. Me cuenta algunos
de los momentos difíciles que ha tenido que pasar y otros, inolvidables,
que han alegrado su vida. Nos damos direcciones de posibles contactos.
Hace unos días coincidió con Alvaro, “BIciclown”,
otra vuelta al mundo en bicicleta. Alvaro fue quien me recomendó
la “Garden Guest House” que he mencionado al principio de
este relato. Nos paseamos por los sitios habituales. En el barrio indio
descubrimos un grupo numeroso de hombres mirando la televisión.
Para mi sorpresa no están pendientes de un partido de futbol o
cricket. Están siguiendo realmente interesados una telenovela de
Bollywood. Hombres, únicamente hombres. En nuestro deambular, incluso
llegamos hasta la zona donde se va a celebrar la carrera del Gran Premio
de Fórmula uno.
El día 24 parte con dirección a Malaca.
Se encontrará con su madre en Kwala Lumpur, donde permanecerá
tres semanas. Luego, ¿quién sabe? Tailandia, Laos, China
… quiere llegar a Lijiang. Todo depende de los visados, del tiempo
que le permitan estar en China. Nos despedimos hasta… ¿América,
tal vez? Termino de escribir estas líneas cuatro horas antes de
que coja el avión con destino Perth. Este es un buen salto.
Enviado
desde Singapur el 26 de Septiembre, 2009
Kilómetros recorridos 74.357
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