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Hice
un alto en el viaje el 12 de Junio pasado. Deje el coche en Bangkok, volé
a España, vía El Cairo, donde permanecí una semana.
Dos meses en Barcelona y Madrid, una semana más en El Cairo y…
de nuevo en Bangkok. Recogí las piezas que había solicitado
en el concesionario, para sustituir, en algún momento, las dañadas
en India y Laos. El motor arrancó como si lo hubiera dejado el
día anterior. Carretera dirección sur. El 21 de Septiembre
zarpa de Singapur el barco que transportará el Toyota hasta Australia.
Tengo muchos días por delante. Me detengo en Prechuap Khirikhan.
La casa de Sue, “Garden Guest House”, en donde me había
alojado unos días, a principios de junio. Es el lugar idóneo
para vaciar el interior del coche, limpiar, reordenar, abandonar libros
y mapas que ya no necesito, hacer inventario y prepararme para afrontar
la rigurosa inspección que deberé pasar al cruzar la aduana
de Perth, cuando desembarque el coche en Australia. He leído relatos
de otros viajeros contando la experiencia. Tengo espacio, agua y tiempo.
El único inconveniente es la época. Aquí, durante
estos meses, la diferencia es que llueve todo el día o llueve todos
los días. Limpieza a fondo. Lavar ropa y fundas. Lo más
laborioso hacer desparecer hasta el último resto de barro de zapatos,
zapatillas, botas y planchas de desatasco. Sé que a pesar de la
meticulosa limpieza, los oficiales de aduana australianos me obligarán
a un lavado exterior del coche que deberé pagar. Caro. Qué
le vamos a hacer. Todo sea por preservar el equilibrio ecológico
de la isla-continente. Cinco días de sol a sol. Es un decir, ya
que las nubes lo han ocultado casi todo el tiempo. Desayunos en la casa,
comidas y cenas cerca del mar en alguno de los varios restaurantes que
se encuentran en el gran paseo paralelo a la línea costera de la
bahía. Si la primera vez que vine apenas vi turistas extranjeros,
en esta ocasión sólo me he cruzado con una pareja de jóvenes
alemanes. Prechuap es un hallazgo. Calles sin apenas tráfico, gente
amable, lugares interesantes en un radio de seis kilómetros, pescado
y mariscos frescos, a buen precio. Tiempo controlado, sin prisas. En la
lejanía, nubes sobre el horizonte, limitado por las formaciones
rocosas que protegen la bahía. Cerca de la orilla, los barcos de
pesca. Sobre el muro del paseo, gente observando el trabajo de los pescadores,
descargando redes y llenando cajas con las piezas conseguidas.
Cubro los setecientos kms. que me separan de la
frontera con Malasia de una tirada. Salvo algunos tramos con lluvia, la
carretera, con poco tránsito, se mantiene seca. Paso por la zona
en la que se ha proyectado un canal, atravesando Tailandia, que permitiría
el paso de buques, evitando la gran vuelta por Singapur. Un primer estudio
japonés, con utilización de explosivos nucleares, fue desechado
por su elevado coste. Ahora se está valorando un nuevo plan chino.
Todavía no hay nada decidido. El comercio entre Tailandia y Malasia
es importante para ambos países. El canal reduciría la actividad
de los puertos de Singapur y Klang, en Malasia.
Cuando llego a la población fronteriza, cambio moneda para disponer
de los 2000 baths (unos 40 euros) que debo pagar como multa por retrasar
dos meses la salida del coche de Tailandia, según me advirtieron
en las oficinas centrales de aduanas, en Bangkok. Cuando muestro el documento
que me dieron, en esa misma aduana, al entrar en el país, inmediatamente
me indican que he excedido el tiempo de permanencia. Hablo con el oficial,
le enseño las cartas en thai que me redactaron en la embajada de
España en Bangkok, le menciono que hablé por teléfono
con el responsable del área. Cuando finalizo, diciéndole
que estoy de acuerdo en pagar la multa correspondiente, cambia su expresión,
sonríe y, al recibir el dinero, me entrega un recibo y un nuevo
documento que me permite la salida sin mayores problemas.
La
entrada en Malasia se retrasa algo porque la oficial de aduanas que debe
sellar mi Carnet de Pasaje del coche esta cenando. Espero durante media
hora su regreso, en el sofá de una salita con aire acondicionado.
Estoy recobrando rápidamente el tono requerido para el viaje. Me
encuentro a gusto. Dispongo de tiempo. Cuando llega, se excusa por hacerme
esperar. Sonrío, le quito importancia. Me devuelve la sonrisa.
El agente de inmigración al ver que se han despegado las tapas
de mi pasaporte las vuelve a fijar en su posición, valiéndose
de una cinta adhesiva. Todo es fácil, agradable. Sonrisas y deseos
de una feliz estancia en el país. Ha anochecido. Me encuentro en
la autopista que cruza Malasia de norte a sur. Sigo unos cien kilómetros.
Dejo atrás la salida que conduce a Alor Setar. Conozco la ciudad,
estuve en Mayo. Tengo que recuperar el hábito de dormir en el coche.
Afronto una etapa del viaje en la que van a aumentar los gastos. Estancia
en Singapur, embarque del coche, vuelo a Australia, seis meses en un país
caro, transporte del Toyota a América, vuelo a Chile. La única
forma de que no se dispare el capítulo de gastos es dormir en mi
casita sobre ruedas. Volveré a disfrutar en los grandes espacios
australianos de la acampada libre, de la ducha con diez litros de agua,
de la cocina en mi barbacoa plegable…
Entro en Kuala Lumpur para cambiar la batería
del ordenador que compré en Laos. No funciona. Los dos meses y
medio sin trabajar le han sentado fatal. Es culpa mía. A partir
de ahora cuando conecte un ordenador a la red, extraeré la batería
cuando este cargada. Conozco la ciudad, tengo las Petronas como referencia,
Aparco cerca del centro comercial especializado en ordenadores. En el
mostrador una tienda que ofrece recambios de la marca de mi portátil,
me dicen que hay que pedir la batería. Tres días. Vale.
Subo al quinto piso. Llego al pequeño taller en el que repararon
mi ordenador principal, de otra marca, en el mes de diciembre. Se acuerdan
de mí. Sonrisas. Quince minutos más tarde dispongo del recambio
que, según el vendedor oficial, “hay que solicitarlo al almacén.
Tres días”. Además me hacen descuento. Problema solucionado.
No quiero dormir en Kuala Lumpur. Estoy en fase de ahorro. Me acercaré
a las cuevas Batu. Están cerca, a unos 15 kilómetros. Está
a punto ocultarse el sol. Es Ramadán. Calles totalmente atascadas.
Coches parados entre los que logran pasar, con mínimo margen de
error, motos de pequeña cilindrada. Incorporarme a la vía
principal que me llevará a la autovía de salida es una prueba
de paciencia. Cuatrocientos metros en cincuenta minutos. Cuando por fin
alcanzo la carretera llego al desquiciante mundo de las autopistas. En
un radio de unos treinta kilómetros alrededor de la capital, se
ha extendido una red de autovías y autopistas que enlaza pueblos,
ciudades y urbanizaciones. El más pequeño error, al tomar
una u otra, significa una gran pérdida de tiempo. No es fácil
recuperar la dirección adecuada. Ríos de vehículos,
a gran velocidad. Numerosos carteles indicadores. No hay a quién
preguntar. Tres o cuatro carriles en cada dirección. De vez en
cuando, una indicación con el nombre de las cuevas. Llega un momento
en el que el tráfico desciende. Me acerco al arcén, para
preguntar a los ocupantes de un coche estacionado. Madre e hija, chinas.
Hablan inglés. Intentan explicarme el camino correcto. Me he pasado
la salida que debería haber tomado. Parece que no es fácil.
Me piden papel y bolígrafo. Dibujan un mapa. Adjunto foto. Se ofrecen
para guiarme. Sigo su coche hasta cierto punto en el que se despiden.
Sigo. Noche cerrada. Dos salidas de la carretera principal que no debía
haber tomado. Vueltas. Paro en una gasolinera. Lleno depósitos.
Se sirve uno mismo, después de haber pagado. Un empleado muy amable,
uniformado, con chaleco reflectante y radio para comunicarse con la cajera,
me explica cómo llegar a mi destino. Es indio, sih. Tiene trabajo,
pero no le gusta vivir en Malasia, se siente menospreciado. Está
pensando en irse a Dubai. Encuentro la salida apropiada. Tráfico
intenso. Veo iluminada la pared de la montaña en la que se ubican
las cuevas. No reconozco el lugar. Estuve aquí hace veinte años.
Había visto un documental dedicado a la gran celebración
de Thaipusam, que tiene lugar, todos los años, a finales de enero,
principios de febrero. Multitud de fieles, un millón, llegan hasta
estas grandes cuevas en esas fechas. Recuerdo las impactantes imágenes
que mostraban mejillas atravesadas por estiletes o cuerpos colgando de
ganchos clavados en su piel. Fuera de esos tres especiales días
de celebración, las cuevas son visitadas por fieles y curiosos.
Tal vez me falle la memoria, pero no recuerdo el gran recinto, vallado,
tal como lo estoy viendo. ¿Estaba ya entonces esa gran estatua
dorada de Muruga? Bueno. Estoy aquí y ahora. Veamos. Es como un
circo. Junto a la estatua, la entrada a las escaleras que ascienden hasta
la gran cueva. Vendré mañana por la mañana a verla.
Esta noche me paseo por los alrededores. Capillas, templos, cuevas, a
las que para entrar hay que pagar, tiendas, un gran aparcamiento, restaurantes.
Me siento a beber el fresco contenido de un coco. Converso con el dependiente.
Es de Bangla Desh. Se siente explotado. Trabaja de ocho de la mañana
a diez de la noche. Sin fiestas, vacaciones, seguro médico o posibilidad
de cobrar pensión alguna cuando sea viejo. Cobra poco, vive mal
y envía dinero a su familia. Como al indio que he visto un par
de horas antes, lo que más le molesta es el trato que recibe de
los clientes a quienes sirve. Salgo de la zona y busco un lugar tranquilo
en donde aparcar para pasar la noche. Encuentro una urbanización
con zona arbolada. Hace calor. Me despierto a las siete de la mañana.
Después de asearme, regreso a las cuevas. Desayuno en el mismo
restaurante. Me sirve el mismo camarero, que me recibe con una gran sonrisa.
Me recomienda el desayuno especial, una gran crepe con patatas y verduras,
algo picante, acompañado por café con leche. Precio, medio
euro. En la gran escalinata, tres vías, 272 escalones, los primeros
visitantes, fieles y turistas. Sobrepaso a un hombre joven que, cumpliendo
alguna promesa, asciende de rodillas. Su familia le anima. Al llegar a
lo alto, unas tiendas de recuerdos y un tenderete de un fotógrafo
que ofrece la posibilidad de posar en tan santo lugar acompañado
de una serpiente o un gran lagarto, vivos. Dentro de la gran cueva, un
templo, capillas, imágenes de dioses. Los monos, que acuden con
gran rapidez a quienes les ofrecen algo para comer, se encaraman por las
paredes que, en la parte más alejada de la entrada, se abren a
cielo abierto. En ese espacio es donde se levanta al templo. Al bajar,
veo que las cuevas ya están rodeadas por autopistas y edificios.
Consulto
el mapa. ¿Adónde voy? Relativamente cerca de Kuala Lumpur
está Shah Alam, capital del estado de Selangor. Es una ciudad nueva,
planificada. En 1.970 se inició su construcción, ocho años
más tarde altos edificios sustituyeron las densas plantaciones
de aceite de palma. Su principal atractivo es la mezquita Sultán
Salahuddin Abdul Aziz Shah, una de las más grandes del sudeste
asiático, preparada para recibir a 24.000 fieles. Sus altos minaretes
de 140 metros de altura, únicamente son superados por el de la
mezquita Hassan II, de Casablanca, que se eleva hasta los 210 metros.
Su construcción finalizó hace 20 años. También
es conocida por el nombre de “Mezquita Azul”, debido a su
gran cúpula, de 51 metros de diámetro. Puede ser interesante.
Me digo que reconoceré el lugar fácilmente con esos datos.
Pero no es así. Tengo que preguntar un par de veces, después
de perderme en un laberinto de avenidas por grandes zonas urbanizadas.
Un conductor se ofrece a guiarme hasta la entrada de la ciudad, luego
seguiré las indicaciones. Llovizna. Dejo a mi izquierda el gran
estadio, con capacidad para 81.000 personas. Sigo una gran avenida que
me lleva hasta la mezquita. Todo es nuevo, alto, grande. Equilibrado.
Sorprendente. Grandes espacios, sin tráfico de coches ni multitides
de gente, a pesar de que su población supera los 600.000 habitantes.
Aparco cerca del Museo y la mezquita. Entre ambas edificaciones un lago
artificial, rodeado de jardines. Sigue lloviendo. Estoy sediento. No tengo
prisa. Espero a que amaine entreteniéndome con la laboriosa tarea
de pelar un gran pomelo. Cuando deja de llover, sigo el camino que bordea
el lago. Estoy solo. Puedo ver y fotografiar la mezquita, que se refleja
en el agua, desde distintos lugares. El parque está perfectamente
conservado. Flores, yerba cortada, árboles podados, limpio, con
sencillos aparatos, estratégicamente situados, para efectuar algunos
ejercicios gimnásticos, por aquellos que se valen del recorrido
para mantenerse en excelente forma física. La mezquita se levanta
sobre un pequeño alzamiento del terreno. Ramadán. Muchos
niños, en la planta baja, siguiendo las enseñanzas coránicas.
Aunque las puertas están abiertas, las corrientes de aire que se
generan no son suficientes para sobrellevar la elevada temperatura ambiental.
El problema se resuelve con numerosos ventiladores, de grandes aspas,
que se accionan puntualmente. Rodeo el edificio. Subo a la planta superior.
Allí se encuentra la zona de oración, en la que no pueden
entrar los no musulmanes. No se puede subir a los minaretes, pero veo
una escalera que conduce a un tercer nivel. No utilizo el ascensor. Cuando
llego a donde termina la escalera, doy rápidamente la vuelta. No
sólo es zona de oración, es el área destinada a las
mujeres. Tengamos la fiesta en paz. Ya que estoy aquí, me acerco
al museo. La entrada es gratuita. Una joven sonriente me ofrece un plano.
Lo primero que encuentro es una gran sala con mapas, fotografías,
explicando la historia del país. A mi izquierda una puerta opaca
que no permite ver lo que se encuentra detrás de ella. La empujo,
suena un timbre y descubro lo más parecido a una cueva de Ali Babá.
¿Es una exposición? No. Hay multitud de objetos. Antigüedades.
Una joven, velada, ha acudido al escuchar el timbre. Comprueba quien es
el visitante. Sonríe y desaparece. Objetos diversos. Desde armas
antiguas, a gramófonos, pasando por joyas, tapices, teléfonos,
vajillas, cristalerías, trajes, qué se yo, de todo. Ordenado,
etiquetado. Algunas piezas están a la venta y otras no, sólo
se exhiben. Supongo que es un lugar dedicado a coleccionistas y anticuarios.
El museo es entretenido. Grandes salas con itinerario indicado. Se intenta
ofrecer todo aquello que ayude a conocer la prehistoria, historia, fauna,
sistema ecológico, geología, orígenes y evolución
de la sociedad. Instrumentos musicales y logros deportivos en competiciones
internacionales. En una sala dedicada a la época de la invasión
japonesa, se muestra el vehículo que permitió a las fuerzas
del sol naciente el rápido avance, de norte a sur, sorprendiendo
al ejército británico: la bicicleta. Cómo ha evolucionado
todo. Estoy contemplando los útiles que se emplearon en la guerra
relámpago de Malasia hace 68 años. ¿De qué
medios se dispondrán dentro de 50 años?
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